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Por capítulos · El ejemplar 215 · Del catálogo de Margen

Nekane ofrece salvar un solo título de los doscientos

Antes: Ainhoa Cortabarria encontró en un libro de 1974 el capítulo cuatro escrito por Herminia Sasal, maestra muerta en 2011 y nunca acreditada.

Quedan 118 títulos y seis días. Ainhoa Cortabarria, restauradora de la Biblioteca Provincial de Huesca, lo tenía apuntado a lápiz en el canto de la mesa: 118 entre 6 son veinte al día, y una verificación decente —portada, colación, sellos, ficha y estado— le llevaba cuarenta minutos por libro. Veinte libros son trece horas. La jornada son siete.

Nekane Ferrer, inspectora del Programa Nacional de Desduplicación, llegó a las diez con una carpeta y sin abrigo, como quien no piensa sentarse. Dejó el calendario nuevo sobre la mesa, girado hacia Ainhoa para que lo leyera del derecho.

—El 19, a las seis, muelle trasero, dos camiones —dijo—. Eso ya lo sabe. Vengo por lo otro.

—¿Qué otro?

—El artículo nueve del reglamento de campaña.

Fabián Oyarzun, jefe de sala y responsable del expurgo, salió de detrás de la estantería con el listado impreso en la mano. Llevaba dos semanas midiendo el trabajo de Ainhoa en libros por hora y a él tampoco le cuadraba.

—El artículo nueve no lo he visto —dijo.

—Está en el reglamento, no en la orden. Por campaña y por provincia se puede sacar del lote un título y marcarlo como ejemplar patrimonial. Uno. No se tritura, no entra en el peso y no vuelve a desduplicación nunca más.

—Uno de ciento dieciocho —dijo Ainhoa.

—Uno de doscientos catorce, si lo quiere peor. Yo no elijo cuál. Le digo que la casilla existe y que se cierra el 18 a las dos.

Ainhoa dejó el lápiz en el canto de la mesa, encima de la cuenta.

Los once días se los habían quitado el jueves anterior, en tres líneas firmadas de pie. Con los once, la verificación entera salía: cuarenta minutos por libro, siete horas al día, doscientos catorce libros, y hasta sobraba una tarde para los sellos dudosos. Sin ellos no salía de ninguna manera. Lo que Ainhoa había hecho desde el jueves era ir más rápido: treinta minutos, veinticinco, veintidós, mirar la portada y la ficha y no el interior. El martes firmó catorce verificaciones que no eran verificaciones.

—No voy a hacer veinte al día —dijo.

—Eso es cosa de su jefe —dijo Nekane.

—Es cosa mía —dijo Fabián—. Si el lote sale sin cotejar, la firma del acta es la mía.

—El lote sale el 19 con su firma o con la mía. Lo único que cambia es de quién es el nombre.

Ainhoa cogió el listado de la mano de Fabián y lo puso al lado del calendario. Ciento dieciocho títulos en dos columnas, con el número de ejemplares al margen. Cuatro tenían tres ejemplares; el resto, dos.

—Voy a hacerlo al revés —dijo—. No verifico ciento dieciocho en seis días. Verifico bien los cuatro que tienen tres ejemplares, y con los días que quedan hago el expediente de uno.

—De uno —repitió Nekane.

—De «Oficios de invierno», Huesca, imprenta Tramullas, 1974. Quinientos ejemplares entonces y dos en el sistema ahora.

Fabián dejó el listado.

—Ainhoa, si dedicas seis días a un libro, el 19 firmo un acta de ciento catorce títulos sin cotejar y el expediente disciplinario me lo abren a mí.

—Si dedico seis días a ciento dieciocho, el 19 firmas un acta de ciento dieciocho títulos sin cotejar. La diferencia son cuatro libros y un expediente.

Nekane miró el reloj de pared, que iba once minutos adelantado desde marzo y que nadie había corregido.

—Su compañera tiene razón en la aritmética —dijo—. Y me da igual. Yo no decido qué se salva. Yo decido cuándo llega el camión.

Ainhoa se levantó, sacó del pasillo el carro vacío y lo arrimó a la mesa. Localizó en el listado los cuatro títulos con tres ejemplares —dos manuales de agrónomos, una gramática y un tomo de actas municipales—, los bajó de la estantería y los puso en el carro, uno encima de otro, con la ficha metida en la primera página.

Luego abrió su cuaderno en la hoja del martes, donde estaban las catorce verificaciones de veintidós minutos, y las tachó con una sola raya de arriba abajo.

—Eso está firmado y subido al sistema —dijo Fabián.

—Y tachado en mi cuaderno. El 19, cuando el inspector de turno pida el papel de trabajo, va a encontrar catorce títulos marcados como no cotejados y mi nombre al lado. Son catorce, Fabián, no ciento dieciocho. Eso se puede defender.

Fabián se quedó mirando la raya un rato largo. Después cogió el listado, hizo una cruz al lado de los cuatro títulos del carro y le devolvió la hoja.

Nekane abrió su carpeta y sacó un impreso de dos hojas, grapado, con el membrete del programa y una cuadrícula pequeña. Lo dejó encima del calendario, tapando el 19.

—Casilla uno, título y año. Casilla dos, biblioteca y número de registro. Esas las rellena usted en diez minutos.

—Y la tres.

—La tres es la razón de que nadie use el artículo nueve.

La casilla tres se llamaba «Acreditación de autoría» y pedía dos cosas en la misma línea: el nombre del autor tal como consta en la portada y su firma original, en tinta, dentro del recuadro. Debajo, en cursiva y en cuerpo seis, una condición de una sola línea: «Solo se admite la firma del autor de la obra en vida».

Ainhoa leyó esa línea dos veces. Después buscó en la ficha del libro el único domicilio que figuraba, el del depósito legal de 1974, y lo copió en el reverso del impreso: Casimiro Lete Arbués, ochenta y nueve años, Ayerbe.