Por capítulos · Los 212 votos de Cebrones · Del catálogo de Margen
Diez minutos de retraso dejan nueve votos sin contar

Antes: en Cebrones la urna quedó empatada a 87. Nueve sobres llegaron diez minutos tarde, con el cuño de Val de Sanz y fecha del 27. Quedan 99 fichas y el expediente entra el día 3 en el juzgado.
A las siete y diez de la mañana del 2 de diciembre, Lorena Prieto Bada, secretaria-interventora del ayuntamiento de Cebrones, puso sobre la mesa de la escuela las 99 fichas que le quedaban. Eran las fáciles. Las había dejado para el final a propósito: vecinos de toda la vida, con la hoja del padrón limpia y la casilla del correo sin marcar, de las que se cierran en cuatro minutos. El ayuntamiento ocupa la planta baja; arriba ya no hay aula.
Y debajo de las 99, aparte, en un sobre de plástico, la ficha que llevaba tres días sin tocar.
Desde el día 29 sabía que uno de los nueve nombres de Val de Sanz era el de su padre. Lo leyó ella misma en voz alta delante de Casiano: era el sexto de los nueve nombres, y siguió leyendo los otros tres sin cambiar la voz. No se lo dijo a nadie. En tres días no se lo dijo a nadie, y eso también va a tener que escribirlo hoy.
Casiano Nuez, maestro jubilado y presidente de la mesa electoral, llegó a las nueve con el padrón impreso y el cuaderno de hule bajo el brazo.
—Las catorce ya están —dijo—. Y no hay fraude ninguno.
Puso las dos listas una al lado de la otra. En el censo electoral hay 212 nombres; en el padrón, 198. Los catorce de diferencia eran personas dadas de baja en el padrón de Cebrones en los últimos seis años, unas por traslado y cuatro por fallecimiento, cuyas bajas no habían llegado a tiempo al Instituto Nacional de Estadística, que es quien arma el censo. El censo las arrastraba. El padrón ya no.
Ocho de los nueve sobres de Val de Sanz eran de esos catorce.
—Y el noveno está en el padrón —dijo Casiano, que ya lo había visto el lunes y había esperado tres días a que lo dijera ella—. El noveno es de los ciento noventa y ocho. El noveno está en todo.
Amador Prieto Lobato, 87 años, nacido en Cebrones, empadronado en la calle de la Fuente número 3. Vive desde hace dos años en la residencia de Val de Sanz, que es un domicilio de estancia y no cambia el padrón si el interesado no lo pide. No lo pidió. Está donde siempre.
A las diez y media se resolvió por teléfono lo que llevaba tres días sin explicación. Jacinta Bel, jefa de la oficina de Correos de la cabecera, llamó para decirle que había encontrado el cuño.
—Val de Sanz no estaba en mi lista porque mi lista es de esta comarca —dijo—. El punto de atención de la residencia cuelga del sector postal de la comarca de al lado, que es por donde sube la carretera. Lo abrieron hace tres años para la residencia y para las cuatro casas que quedan. Dos mañanas por semana, martes y sábado.
—¿Y el 27 era sábado?
—El 27 era sábado.
Felisa Cuende, auxiliar de la residencia de mayores de Val de Sanz, entró a las once sin avisar, con el abrigo todavía puesto y una hoja escrita a mano por las dos caras. Había cogido el autobús de las siete y cuarto.
—Las nueve solicitudes las rellené yo —dijo antes de sentarse—. El día catorce, en una tarde, y las eché al buzón de la residencia. Si hay que firmar que lo hice yo, lo firmo ahora.
Lorena le explicó dos veces la diferencia, porque Felisa estaba convencida de haber hecho algo malo. La solicitud es un papel que se pide, se rellena, se entrega y se queda en la Delegación provincial del censo. El sobre de voto es otra cosa: va certificado, se entrega en un mostrador y el mostrador le pone su fechador y una etiqueta con número. Rellenar la solicitud de nueve personas que te lo piden no es delito. Firmar el sobre por ellas, sí.
—¿Y usted firmó alguno?
—Ninguno. Los llevaron ellos al mostrador el sábado, en silla los que van en silla. Yo empujé dos.
Firmó la declaración a las once y veinte, con la letra grande de quien escribe poco, y se quedó a esperar el autobús de vuelta en el pasillo de la escuela porque fuera hacía tres grados.
A las doce entró por correo electrónico el informe de capacidad de la residencia, firmado por su directora. De los nueve electores de Val de Sanz, seis necesitan apoyo para firmar un documento. Tres no: tres firman solos y leen el periódico. El informe no decía quiénes. Decía cuántos.
Lisardo Vara, cartero rural de la zona, apareció a la una con la gorra en la mano y no esperó a que le preguntaran.
—La saca del día 27 durmió conmigo en Val de Sanz —dijo—. El mostrador cerró a mediodía y la carretera estaba cortada por la obra del arroyo. Dormí en casa de mi hermana con la saca al lado, bajé el domingo por la mañana dando la vuelta por Quintana, hice el reparto y la entregué a las ocho y diez de la tarde.
—¿La abrió usted?
—La saca va precintada, Lorena. Lo que hice fue dormir con ella a un metro, y eso tampoco se hace, pero no la abrí.
Lorena lo anotó con la hora. Al lado tenía, de su propia letra del día de la votación, la otra anotación: entrada de la primera saca a las diecinueve cincuenta y cinco, nueve sobres certificados, conformes con la lista de la mesa. No hay sello de goma en ninguna parte. Hay su letra en el acta y la hora que cantó Casiano en voz alta delante de dos vocales.
Teodoro Sanz, dueño de la gravera del río y uno de los dos candidatos empatados a 87, llegó a las dos y pidió hablar a solas. Lorena le dijo que no, que el expediente entraba en el juzgado al día siguiente y que lo dijera delante de Casiano y de Herminia.
Herminia Olmedo, veterinaria de la comarca y la otra candidata, llevaba media hora en el pasillo con Felisa.
Teodoro tardó en arrancar.
—Retiro el escrito del día 30.
En ese escrito pedía que los nueve se abrieran y se contaran. Lorena no había entendido por qué: con el empate a 87 intacto, la elección se decide por sorteo, y un sorteo es una moneda al aire. La razón, dicha en la escuela a las dos y cuarto del 2 de diciembre, era que daba por hecho que la residencia había votado por él y prefería ganar por nueve que jugarse la vara a cara o cruz.
—Y lo retiro —dijo— porque el sobre de mi madre lo escribí yo.
Benilde Sanz Pombo, 91 años, es una de los nueve y una de las seis que necesitan apoyo para firmar. Teodoro subió el día 20, le puso el sobre delante, le leyó las dos papeletas en voz alta, metió la que su madre le dijo y escribió él la dirección y el remite porque su madre no sujeta el bolígrafo.
—¿La papeleta la eligió ella?
—La eligió ella. Lo puedo jurar y no lo puedo probar. Por eso retiro el escrito.
Herminia Olmedo esperó a que Teodoro saliera y se acercó a la mesa. Miró los nueve sobres sin tocarlos.
—Yo no sé lo que hay dentro y tú tampoco —dijo—. A lo mejor me dan la vara y a lo mejor me la quitan. Lo que sé es que seis de esos nueve no pueden firmar solos. Ponlo en el acta: la candidata Olmedo no pide que se abran.
A las siete y veinte de la tarde quedaba una ficha. Lorena había cerrado las noventa y nueve fáciles en doce horas, de cuatro en cuatro minutos, sin comer más que un bocadillo de pie.
Verificó la 212 como las otras doscientas once, con el padrón a la izquierda y el censo a la derecha, y tardó lo mismo que en cualquiera, porque no había nada que discutir. Solicitud en plazo. Sobre certificado con fechador de Val de Sanz del día 27 y etiqueta con número. Firma propia: Amador es uno de los tres que firman solos y leen el periódico.
De los nueve, el de su padre es el único impecable.
Llamó al juzgado de primera instancia de la cabecera a las siete y media y pidió hablar con Nieves Arbeloa. Le expuso el parentesco y le pidió por escrito que la apartaran de firmar.
—¿Desde cuándo lo sabe usted? —preguntó la jueza.
—Desde el día 29. Lo leí yo en voz alta.
—Eso son tres días, y eso va al acta tal como me lo acaba de decir. ¿Hay otro secretario habilitado a cien kilómetros y a trece horas de que esto entre en mi juzgado?
—No.
—Entonces usted firma. Con nota al margen: el parentesco, la fecha en que lo supo, y lo que decide. Yo decido después. Tiene hasta las ocho.
Lorena colgó y se quedó de pie delante de los dieciocho sobres, los nueve de las siete cincuenta y cinco y los nueve de las ocho y diez.
Podía contar los nueve. Tenía argumentos contra ocho de ellos y no le hacía falta ninguno para el noveno. Podía también separar ese uno y contarlo solo, y nadie en Cebrones le habría dicho nada, porque en el pueblo todos saben que Amador vota desde 1977 y que no se ha saltado una.
Lo que hizo fue escribir en el acta que los nueve sobres de la segunda saca entraron a las veinte horas y diez minutos, diez minutos después del cierre de la mesa, y que por esa razón, y por ninguna otra, no se incorporan al escrutinio. No puso los nombres. No abrió un solo sobre. Los nueve se anotan por la hora de llegada y no por el nombre de quien los firmó, porque la hora es igual para los nueve y los nombres no.
Debajo escribió la consecuencia, que es la que va a leer la jueza: el escrutinio queda en ochenta y siete a ochenta y siete, y la vara de Cebrones se decide por sorteo en la fecha que señale el juzgado.
En la nota al margen puso tres líneas: que la ficha 212 corresponde a su padre, que lo sabe desde el 29 de noviembre y que no lo dijo, y que deja ese voto fuera por los mismos diez minutos por los que deja fuera los otros ocho.
Firmó a las ocho y diez de la tarde, diez minutos después del plazo que le había dado la jueza, y lo anotó también debajo de su firma con la fecha y la hora exactas, para que quien lo leyera tuviera delante las dos cosas a la vez: los diez minutos que a ella no le costaron nada y los diez minutos que les costaron el voto a nueve personas.
Puso la hora en el acta con letra grande, 20:10, y subió a Val de Sanz a contarle a su padre, en voz alta y palabra por palabra, lo que había votado el pueblo.