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Idea · Del catálogo de Margen

Apunta la decisión antes de conocer el final

Cuando algo sale bien, recordamos haberlo visto venir; cuando sale mal, recordamos que «ya nos daba mala espina». Los psicólogos lo llaman sesgo retrospectivo: conocido el final, el pasado parece obvio. Por eso aprender de nuestras propias decisiones es casi imposible: el recuerdo se reescribe solo para dejarnos bien.

El antídoto que recomendaba el psicólogo Daniel Kahneman, premio Nobel, es de una tecnología humilde: un diario de decisiones. Cuando tomes una decisión que importe —aceptar un trabajo, mudarte, invertir, dejar algo—, escribe media página: qué decides, por qué, qué esperas que ocurra, qué te preocupa y cómo te sientes. Ponle fecha. Y al cajón.

Unos meses más tarde, relee. Ahí empieza la parte incómoda y valiosa: descubrir dónde acertaste por análisis y dónde por pura suerte, qué miedos eran ruido y cuáles eran información que ignoraste.

La regla de oro: juzga el proceso, no el resultado. Una decisión bien tomada puede salir mal, y una temeridad puede salir de lujo. Con el tiempo, el cuaderno hace algo que la memoria no sabe hacer: contarte la verdad sobre cómo decides. Es el único testigo que no cambia su versión.