Cuando éramos novios y vivíamos lejos el uno del otro, quedábamos a las once bajo la misma farola, la del quiosco cerrado. Era el punto medio entre su casa y la mía: los dos caminábamos veinte minutos para robarle otros veinte a la noche.
Luego nos casamos, vivimos bajo el mismo techo, y la farola dejó de tener sentido. Uno no queda con quien duerme a su lado.
Murió en otoño, después de una vida entera de dormir a mi lado. Y ahora, algunas noches en que la cama se hace enorme, me abrigo y salgo, y camino los veinte minutos de siempre hasta el quiosco cerrado.
Me quedo bajo la farola, a las once, como cuando teníamos veinte años y todo el camino por delante. No viene nadie, claro. Pero la luz sigue encendida, y por un rato vuelvo a ser la que espera, que es la que todavía lo tiene todo.