Por capítulos · El ejemplar 215 · Del catálogo de Margen
Fabián enseña la puerta que no tiene registro

Antes: Ainhoa Cortabarria verifica 214 títulos antes de que lleguen los camiones. El ejemplar 215 consta destruido en marzo y sigue en la sala.
El número de la pizarra es 198. Ainhoa Cortabarria lo borra con la manga cada mañana y escribe debajo el que toca; lleva dieciséis días verificando títulos y todavía no se acostumbra a lo despacio que baja la cifra. Un título son cuarenta minutos largos: cotejar el registro, contar lo que queda en planta y firmar cuántos ejemplares sobran. Doscientos catorce el primer día. Ciento noventa y ocho esta mañana.
A las nueve y veinte apareció Fabián Múgica, transportista del depósito externo, con el mono azul y una carpeta de anillas debajo del brazo.
—Me ha dicho Remei que andas preguntando por préstamos.
Remei Bagué era la jefa de sala, la que firmaba las actas de destrucción. Ainhoa había aprendido en tres semanas que todo lo que se le preguntaba a Remei acababa saliendo, con dos días de retraso, por la boca de otro.
—Pregunto por uno concreto. —Puso el libro encima del carro—. Este salió del edificio y volvió. Tiene notas a lápiz fechadas en noviembre de 2036. Y la ficha de préstamo está limpia desde 1998.
—Pues claro que está limpia.
—«Pues claro» no me sirve, Fabián.
Él dejó la carpeta al lado del libro y no la abrió.
—Baja conmigo.
Bajaron por la escalera de servicio hasta la planta menos uno, donde el pasillo se estrecha y huele a cartón mojado. Al fondo había una puerta metálica de dos hojas, con barra antipánico y una pegatina descolorida: CARGA. No tenía lector de tarjeta. No tenía torno. No tenía la cajita gris que en el resto del edificio pita cuando un libro cruza sin registrarse.
—Esta es la puerta —dijo Fabián—. Por aquí no sale ningún préstamo. Por aquí salen palés.
—¿Y quién registra los palés?
—Yo. En papel. —Levantó la carpeta—. Cuando la sala se queda sin sitio se hace una descarga al depósito externo de Sabiñánigo. Se rellena un albarán, se firman las cajas y se van. Cuando vuelven, otro albarán. El programa de préstamos no se entera porque esto no es un préstamo, es un traslado interno. Son dos aplicaciones distintas y no se hablan desde que las compró la Administración.
Ainhoa se quedó mirando la barra antipánico.
—O sea que un libro puede pasarse dos años fuera de este edificio, volver, y en su ficha no aparece nada.
—Puede pasarse veinte. He movido cajas de mil doscientos kilos con menos papeleo del que me estás pidiendo tú ahora.
—No te pido papeleo. Te pido el albarán de este.
Fabián resopló y se sentó en el peldaño con la carpeta abierta sobre las rodillas. Los albaranes van por año, y dentro del año por número de caja, nunca por título, así que hubo que ir al revés: el ejemplar 215 estaba catalogado en la sala 2, la sala 2 se vació en octubre de 2036 por la obra del falso techo, y de aquella descarga habían salido catorce cajas.
—Catorce —dijo él—. Y en once no cabe un libro de este grosor, porque iban de infantil.
Tardaron veinte minutos. Ainhoa leía los números en voz alta y Fabián pasaba hojas con el pulgar mojado. En la tercera de las tres cajas posibles apareció una línea escrita a mano, con bolígrafo azul, en la casilla que el impreso llama RECIBIDO POR y que casi nadie rellena, porque el depósito estampa su sello y se acabó.
No era un sello. Era un nombre: Casimiro Lete.
Ainhoa no dijo nada durante unos segundos. Después señaló la carpeta.
—Falta la vuelta. Si salió en octubre del 36 y en noviembre alguien estaba escribiendo dentro, el libro tuvo que volver después.
—La vuelta está en el treinta y siete. —Fabián pasó al separador siguiente y fue directo—. Aquí. Nueve de mayo de 2037, cuando acabaron el falso techo. Doce cajas de vuelta, dos se quedaron allí por humedad. Este viaje lo hice yo.
—¿Y te acuerdas?
—Me acuerdo de que llovía y de que el montacargas estaba estropeado. De un libro no me acuerdo, Ainhoa. Subimos catorce mil.
El albarán de vuelta llevaba el sello del depósito, azul y torcido, igual que los otros doscientos de la carpeta. Ninguna letra a mano. Ainhoa lo comparó con el de ida durante un buen rato, y lo que le quedó claro no era un misterio: era una cañería. El ejemplar 215 había salido del edificio en un palé, había pasado siete meses a ochenta kilómetros de allí y había vuelto en otro palé. Dos albaranes, dos firmas, cero préstamos. La ficha estaba limpia desde 1998 porque el libro no la había tocado nunca.
Lo único que sobraba en toda esa cadena eran dos palabras escritas a bolígrafo.
—¿Ese quién es? —preguntó Ainhoa.
—Ni idea. En el depósito firmamos tres personas y ninguna se llama así.
Ainhoa se apuntó el nombre en el dorso de la mano, encima de la tinta del 198. Arriba, en la sala 2, la pizarra seguía marcando 198 y nadie había verificado nada en toda la mañana.
—Entonces alguien entró en un depósito del Estado, se llevó un libro que no era suyo, lo devolvió con notas a lápiz dos años después y firmó con su nombre y letra. ¿Quién es Casimiro Lete, Fabián?