
Compramos el domingo seis manzanas contundentes, verdes como una promesa de orden.
El lunes eran bodegón. El miércoles, costumbre. El viernes ya nadie las miraba: la casa pasaba de largo, camino de cosas urgentes.
Hoy huelen. Un dulzor insistente que sube por la escalera del aire y entra sin llamar en las habitaciones.
El frutero es el único reloj honesto de la casa: no da la hora, da el tiempo que le diste.
Me como la más blanda de pie, junto a la ventana. Sabe a semana ida y a azúcar que no supo esperar.