Curiosidad · Del catálogo de Margen
Mario se llama así por el casero del almacén de Nintendo

—¿Y por qué se llama Mario? —me soltó un chaval de un instituto de Pola de Siero, delante de una vitrina de monedas romanas que no tenía nada que ver.
Eso me lo preguntan siempre en el museo, y nunca por las monedas. Me quedé con la duda entre aquel grupo y el siguiente, y acabé buscándolo con el móvil apoyado en el cristal de la vitrina.
Mario se llama Mario por un señor de Tukwila, al sur de Seattle, que construía y alquilaba naves y al que los videojuegos le daban igual: Mario Segale.
A principios de los 80 Nintendo quería vender máquinas en Estados Unidos y necesitaba dónde meterlas. Segale les alquiló un almacén de 60.000 pies cuadrados, unos 5.600 metros: el patio entero de mi instituto con el pabellón al lado. Ahí montaron la central americana. El personaje no se llamaba Mario todavía. Se llamaba Jumpman, «el que salta», y en aquel juego era carpintero, no fontanero. Lo de la llave inglesa y las tuberías vino después.
La escena que cuenta todo el mundo está en «Game Over», el libro que David Sheff publicó en 1993: los de Nintendo dándole vueltas al nombre, alguien que llama a la puerta y era el casero, que venía a por el alquiler que llevaban meses sin pagar. En cuanto se fue, escribe Sheff, ya tenían el nombre.
Sheff no estaba allí. Don James sí, que llevaba el almacén, y en 2012 contó otra versión en un pódcast: que le pusieron Mario de broma entre Minoru Arakawa y él, y que la broma funcionaba justamente porque Segale era tan suyo que no lo conocía ninguno de los que trabajaban en la nave. Ninguna de las dos versiones se puede probar y yo me quedo con la del jefe de almacén, porque bautizar a un personaje con el nombre de alguien a quien nunca has visto es mucho más raro y mucho más de oficina.
Lo gordo sí está confirmado y se puede ver. En 2015, por los 30 años del personaje, Nintendo UK subió a su canal un vídeo que se llama «Mario Myths with Mr. Miyamoto» para promocionar el Super Mario Maker. Le van soltando mitos y él dice si son verdad o mentira. Cuando le preguntan si Mario es el casero de la nave, Shigeru Miyamoto asiente con la cabeza. No dice una palabra. Asiente.
Segale no sacó nada y tampoco lo buscó. En 1993 un periodista de The Seattle Times le preguntó y contestó que se podía decir que seguía esperando sus cheques de derechos de autor. Luego siguió con sus naves en Tukwila. Cuando murió, el 27 de octubre de 2018, con 84 años, el obituario decía que siempre había esquivado la fama y que quería que lo recordaran por lo que hizo en su vida.
Entre la frase de los cheques y el día en que Miyamoto asintió pasaron 22 años, y tres más hasta el entierro. Cheques, ninguno.