Por capítulos · Las 36 horas de agua · Del catálogo de Margen
El aforo del kilómetro 4 marca ocho horas de más

Antes: Felisa Arcediano, acequiera de Valdeporrina, tiene 36 horas de agua para 14 parcelas que han pedido 52. El canal cierra el día 11.
Miércoles, las seis y cuarenta de la mañana. Begoña Larrauri llegó al kilómetro cuatro en un coche blanco con el anagrama de la Confederación en la puerta y bajó con un trípode y una caja de aluminio. Es la técnica que lleva este tramo del canal, cuarenta años, y es la persona que firma el día que se cierra la campaña.
—Me ha costado encontrarlo —dijo—. En el plano esto es el aforo del cuatro y en el plano está en la otra orilla.
—Lo movieron en el ochenta y tantos.
—¿Quién lo movió?
—Mi tío. Está apuntado.
Felisa había dormido cuatro horas. La noche del martes la pasó con el cuaderno de hule abierto en la mesa de la cocina, pasando páginas hacia atrás, buscando el día en que el hierro se torció. Lo encontró: 14 de mayo de 2019. Su tío lo escribió con la letra pequeña que usaba para las cosas que no le gustaban. «Crecida. El aforo del 4 queda ladeado hacia poniente. Avisar.» Debajo, nada. No hay una segunda línea que diga que avisó.
Begoña montó el trípode en el pretil, sacó de la caja un molinete, que es una hélice pequeña en una varilla graduada, y lo metió en el agua.
—Esto cuenta vueltas. Las vueltas me dan la velocidad y la velocidad por la sección me da el caudal. Lo que ponga el hierro de la pared me da igual.
Midió en cinco puntos, de orilla a orilla, apuntando a mano en una libreta de cuadros. Tardó cuarenta minutos y en los cuarenta minutos no habló más que para cantar números.
Felisa apuntaba lo que Begoña cantaba y, entre punto y punto, miraba el hierro de la pared. De cerca, el aforo del cuatro no está torcido. Está hundido por el lado de poniente, con la chapa doblada hacia dentro, y en la escala los números pintados en blanco se siguen leyendo igual de bien que el primer día. Eso es lo que hace daño. El hierro no parece roto; parece bueno. Donato Rebolledo apareció a las siete y veinte, con la moto y el casco colgado del codo. Donato es el guarda del canal, el hombre al que la Confederación paga para que nadie toque lo que es suyo.
—Buenos días, Larrauri.
—Buenos días. ¿Desde cuándo está así el aforo?
—Torcido está desde la crecida.
—Eso ya me lo ha dicho ella. Te pregunto desde cuándo lo sabes tú.
Donato se tomó su tiempo para contestar y al final contestó una cosa que era verdad y no servía de nada.
—Yo abro y cierro. El aforo lo lee el que riega.
Begoña escribió esa frase en la libreta, con la hora al lado, y le pidió la firma. Donato firmó sin leerla. Esa es la primera cosa del día que a Felisa le pareció raro: un hombre que lleva treinta años cobrando por mirar el agua no firma un papel sin leerlo, salvo que sepa de antemano lo que dice.
A las ocho y diez Begoña dio la cifra.
—Noventa y cuatro litros por segundo. El hierro de la pared dice ciento veinte.
—¿Y eso cuántas horas son?
—Eso no son horas. Las horas vienen del umbral.
Se lo explicó andando, camino abajo, hasta la compuerta de la parcela 1. Una compuerta de riego no saca agua de un canal por arte de magia: saca agua porque el nivel del canal está por encima del umbral, que es el labio de hormigón sobre el que la compuerta se levanta. Si el nivel baja por debajo de ese labio, la compuerta puede estar abierta de par en par y no entra nada. En el lateral 7 el umbral está a treinta centímetros del fondo.
—El programa de cierre te baja el nivel poco a poco desde el día 9 —dijo Begoña—. Con ciento veinte litros aguantas por encima del umbral las 36 horas enteras. Con noventa y cuatro, no.
—¿Cuántas no?
—Las últimas ocho. El día 11, de madrugada, tú vas a tener el canal con agua y las compuertas secas.
Felisa no dijo nada durante un rato largo. Después hizo la única pregunta que importaba.
—¿Eso lo puedo escribir en el cuaderno?
—Lo vas a escribir en el cuaderno y yo lo voy a poner en un acta. Una cosa no vale sin la otra.
Volvieron por el camino de abajo, el que pasa por la linde de la Cerrada, porque Begoña quería ver la cola del lateral antes de irse. Y en la cola salió la segunda cosa rara del día.
—Aquí me entran noventa y cuatro. —Begoña metió el molinete en el agua al final del lateral, detrás de la última compuerta—. Y aquí, en la cola, me salen setenta y uno.
—Son veintitrés litros.
—Veintitrés litros por segundo que se van por algún sitio entre el kilómetro cuatro y aquí. En un canal viejo eso puede ser una filtración. En un canal viejo con una toma vieja, puede ser otra cosa.
La toma vieja es la de la parcela 14. Está a mitad del lateral, tapada con una chapa y un alambre desde que Felisa tiene memoria, y es la única boca que hay entre el aforo y la cola. Begoña se agachó, miró la chapa, no la tocó y apuntó la hora: miércoles, 9.05.
—¿De quién es la 14?
—De nadie.
—De nadie no es nada, Felisa. En mi registro la 14 tiene un titular.
—En el mío también. —Felisa abrió el cuaderno en la página de las parcelas y se lo puso delante—. Mira el nombre.
En la página, la línea de la 14 tenía un nombre tachado con dos rayas de bolígrafo y una fecha al margen: 1998. La letra de la fecha era la de su tío. Encima del tachón, con mucho cuidado, se leía todavía el apellido: Rebanal.
—¿Y quién paga la derrama de la 14?
—Nadie, desde que yo llevo el cuaderno.
—¿Y desde antes?
Felisa pasó las páginas hacia atrás hasta donde el papel cambia de color, hasta 1998, y buscó la columna de los pagos. La columna estaba. La casilla de la 14 estaba vacía, año tras año, bajando por la página como un hueco limpio que nadie se había molestado en tapar. Begoña lo vio desde el otro lado del cuaderno y, por primera vez en toda la mañana, dejó de apuntar.
En esa misma página, dos líneas más abajo, en la columna de observaciones de la 14, estaba otra vez la letra de su tío. Dos palabras: «No reclamar». Sin fecha y sin firma.
—Esa parcela está verde en agosto —dijo—. Lo he visto al venir.
—Lo está. Siempre lo está.
—Pues alguien le paga el agua.
A las 10.20 Begoña escribió el acta apoyada en el capó del coche blanco, con el viento levantando la hoja, y Felisa se la sujetó por una esquina. Donato las miró desde la moto, a cien metros, sin bajarse y sin marcharse, el tiempo que tardaron las dos en escribir y leer dos folios. Cuando Begoña arrancó, él arrancó también, pero hacia el otro lado, hacia el kilómetro seis, que no es donde tiene la caseta.
A las once y media Begoña se fue con el acta a medio escribir y con la promesa de mandarla firmada antes de las dos. Entre las once y media y las doce Felisa hizo sola el lateral entero, a pie, de la compuerta 1 a la 14, midiendo con una cinta de albañil cuánto le faltaba al agua para llegar al labio de cada umbral. En la 1 sobraban once centímetros. En la 9, de Olimpio, cuatro. En la 12, la de Nazario Elorrio, que riega desde antes de que ella naciera, dos y medio. Lo apuntó todo, compuerta por compuerta, con la hora de cada medición al lado.
A las doce menos cuarto llamó Olimpio Sanz, el tractorista que riega la parcela 9.
—¿El día 3 sigue siendo mío?
—A mediodía te lo digo.
—Felisa, que tengo el tractor alquilado para el 3 y lo pago igual riegue o no riegue.
—Lo sé. A mediodía.
A las doce y diez llegó al salón de la comunidad, el bajo del antiguo baile, con las doce sillas de plástico y la estufa apagada, y encontró a Pura Mazuelas esperando de pie con el abrigo puesto. Pura es la presidenta de la comunidad de regantes desde 2011 y no se sienta hasta que hay un número sobre la mesa.
—Son las doce y diez.
—Son las doce y diez —dijo Felisa.
Puso el cuaderno encima de la mesa de los papeles, lo abrió por la página del reparto y escribió en la columna de la derecha, debajo del 52, el número que habían medido entre el molinete y el umbral: 28. 28 horas útiles en el lateral 7, y no las 36 del parte. Al lado apuntó la fecha y la hora, como su tío, porque en este oficio lo que no está escrito no ha pasado.
Pura leyó el número del revés y no preguntó por el hierro. Cogió el lápiz de carpintero de la mesa y escribió ella misma, debajo del 28, el número que salía de la resta: 24.
—Esto se lo cuentas tú a los catorce, el viernes, en esta sala —dijo—. Y yo me siento en la primera fila.