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Por capítulos · Las recetas del doctor Sagasti · Del catálogo de Margen

Simón ve a la mujer del buzón los lunes al alba

Antes: Águeda supo el martes que dieciséis de los sobres con recetas de Sagasti llegaron a mano al buzón de su persiana, y trece en lunes.

El jueves, a las cinco menos veinte, quedaban cinco días para la inspección y Águeda Mendioroz cruzó la calle en zapatillas. Enfrente, en el obrador, había luz. La había habido todas las madrugadas de sus veinte años detrás del mostrador y ella no la había mirado nunca con interés.

Simón Goñi, panadero, amasaba de espaldas a la puerta. Tenía cuarenta y siete años, las manos blancas hasta la muñeca y una radio pequeña encendida encima del arcón de la harina.

—Está sin abrir —dijo sin volverse—. Hasta las siete no hay pan.

—No vengo a por pan.

Entonces sí se volvió. Se limpió una mano en el delantal y se la dio a medias, con el dorso, que es como se saluda cuando se está en la masa.

—¿Le pasa algo a tu padre?

—Mi padre está bien. Vengo por la ventana.

Simón miró la ventana como si no supiera cuál tenía. Es una ventana alta, estrecha, de las de dar aire al obrador, y da justo enfrente: al escaparate de la farmacia, a la puerta verde que pintó el padre de Águeda en 1996 y a la ranura del buzón que está abierta en la persiana metálica, a la altura del pecho, para que la gente eche las recetas cuando está cerrado.

—La ventana da a tu casa —dijo él.

—Da a mi buzón.

Simón volvió a la masa. La echó sobre el mármol, la dobló dos veces y la cortó con la rasqueta en piezas iguales sin mirar la balanza.

—Yo a las cinco no miro a la calle, Águeda. Miro el reloj y el horno.

—Ya. Y sin mirar la calle, ¿cuántas veces has visto a alguien echar algo por esa ranura?

Él no contestó. Puso las piezas en la tabla, las tapó con un paño y se lavó las manos más despacio de lo que hacía falta.

Águeda había traído el libro de reparto. Lo hicieron entre los dos hace tres años, cuando ella empezó a preparar los pastilleros semanales y él ya iba por las mismas puertas con el pan: una hoja por casa, la hora buena para llamar, una cruz en la de Balbina Ochandiano porque el timbre no funciona. No hay ningún papel oficial con esa información. Lo montaron ellos sin pedir permiso a nadie y sin que constara en ninguna parte, que es exactamente lo que ahora la asustaba.

—Mira —dijo, y abrió el libro por la contraportada, donde llevaba desde el martes una lista a lápiz—. Treinta y una recetas. Seis llegaron a las casas por correo, con sello. Veinticinco llegaron aquí. De esas veinticinco, nueve por correo. Y dieciséis a mano, sin franqueo, por la ranura. Trece de esas dieciséis aparecieron un lunes.

—Yo eso no lo sé.

—Yo tampoco lo sabía el viernes. Lo sé porque apunto la fecha en la esquina de cada receta desde hace dos años, con lápiz, y hasta el martes eso no significaba nada.

Simón se secó las manos en el paño y por primera vez la miró de frente.

—¿Y qué quieres que te diga?

—Quiero que me digas si has visto a alguien.

—Y si te digo que no.

—Pues me voy a mi casa y el lunes que viene me quedo yo detrás de la persiana, que es lo que debería haber hecho hace un mes.

El horno hizo el ruido que hace el horno cuando llega a temperatura, un chasquido seco, y Simón fue a abrirlo por no tener que contestar de inmediato. Metió la pala vacía, la sacó, la volvió a meter. Águeda esperó de pie, con el libro de reparto cerrado contra el pecho.

—El martes que viene viene una inspectora —dijo ella—. Petra Aldunate. Se llama así y viene el día veintiséis. Me va a preguntar por qué he dispensado treinta y una recetas firmadas por un colegiado que consta muerto desde 2024. Y yo, hasta hoy, lo único que puedo contestarle es que no lo sé.

—Pues dile eso.

—Simón, tengo la farmacia de mi padre.

Él cerró el horno. Se quedó con la pala en la mano.

—Vete a abrir —dijo—. Yo tengo que sacar el pan.

A las nueve menos cuarto Águeda levantó la persiana. El reloj del mostrador marcaba las nueve menos once, porque adelanta cuatro minutos desde que ella tiene memoria y nadie lo ha arreglado. Por la ranura no había caído nada.

Los jueves toca reparto, así que hizo lo de todos los jueves. Sacó las cajitas de siete días de media docena de casas del barrio alto y las fue llenando en el mostrador, casilla por casilla, en voz alta, que es la única manera de no equivocarse. La de Balbina Ochandiano la dejó aparte, encima del libro de reparto, para que Simón se la subiera con el pan: Balbina tiene ochenta y cuatro años, dos tramos de escalera y un timbre que no suena, y hace tres años que ese pastillero no baja, sube.

Mientras contaba la digoxina —una caja adelantada cada cuatro meses desde que el envase pasó de treinta comprimidos a veintiocho— cayó en la cuenta de una cosa que llevaba dos días delante y no había mirado: Simón entra en esas casas. No llama al timbre, no espera, deja el pan y el pastillero en el poyete y sigue. Lleva nueve años dejando el pan en esas puertas y tres llevándoles además el pastillero. En Valdecierzo, que tiene cuatrocientos vecinos en invierno, no hay nadie que esté en más portales a más horas que el panadero.

A las doce y veinte llamó Marcial Beloki, técnico de facturación de la gerencia del área, a veintidós kilómetros, y con quien Águeda se tutea desde el primer día.

—Te mando el detalle del parte —dijo—. El de la destrucción. Me ha costado una semana sacárselo a jurídico, así que no me lo agradezcas mucho.

—Dime.

—El parte de la ruta del dieciocho de abril de 2024 va por lotes y por peso. Ciento cuarenta y dos kilos de papel de la ruta entera, seis paradas. No lista números de serie de nada. Por eso el certificado de destrucción del expediente vale para el expediente y no vale para tus talonarios.

—Eso ya lo sabíamos.

—Sí. Y hay otra cosa, aunque no sé si es una cosa.

Águeda cogió el lápiz.

—Dime.

—Que el expediente de tu inspección no empieza igual que los que veo yo todo el año. Los que me llegan van con un código que empieza por PA. El tuyo empieza por RQ.

—¿Y eso qué quiere decir?

—Pues no lo sé. Puede no querer decir nada: cambian los códigos cada dos por tres y a mí nadie me manda la tabla. Lo he preguntado por escrito esta mañana. Si me contestan, te lo digo.

—¿Y mientras tanto?

—Mientras tanto tú prepara los papeles que sí tienes y no te comas la cabeza con dos letras.

Colgó. Águeda escribió las dos letras en la esquina de una hoja del libro de reparto, RQ, y las miró un rato largo. Hasta esa mañana había dado por hecho que la inspección venía porque tocaba: dos años sin pisar Valdecierzo, papeleo atrasado, una lista de farmacias rurales y un dedo que baja por la lista. Era lo que se había contado a sí misma desde que llegó la carta, y era una explicación cómoda.

Debajo de las dos letras, sin darse cuenta, escribió once nombres. Son los que se sabe de memoria.

En Valdecierzo todo el mundo sabe algo; lo raro es saber lo bastante para escribirle a nadie. Águeda hizo la cuenta de quién ha tocado esto de cerca en dos años: ella, Marcial, Fermín Ozaeta el alguacil, Charo la de la estafeta, Itziar Lizarraga la del cruce, Maribel Zubiri —que bajó dos recetas al cruce y vio cómo se las rechazaban— y Rosalía. Siete personas y quien firma. Cerró el libro de reparto sin apuntar la lista.

A las cinco, con la calle vacía, sacó la carpeta azul del segundo cajón de la trastienda. El martes había separado los sobres por cómo habían llegado. Hoy los puso unos contra otros.

Los había guardado todos: su padre le enseñó a no tirar nunca el envoltorio de nada que fuera a discutirse después. Que el papel se pareciera ya lo sabía desde el primer sobre. Lo que no había hecho nunca era ponerlos encima del mostrador y medirlos.

Los separó encima del mostrador en tres montones.

Seis sobres eran los que habían llegado a las casas, con sello, todos en los primeros ocho meses y ninguno después. Eran blancos, corrientes, de tamaño folio doblado en tres, y no había dos iguales: uno tenía el reverso azul, otro venía de una entidad bancaria con el logotipo tachado a bolígrafo.

Nueve sobres eran los que habían llegado por correo. Esos sí eran iguales entre sí: pequeños, de papel áspero, con el reverso rayado en gris.

Y dieciséis eran los de la ranura. Iguales que los nueve. Papel áspero, reverso rayado en gris, la misma solapa engomada, el mismo tamaño exacto. Los puso uno encima de otro y encajaron como si vinieran de la misma pila.

Águeda se quedó mirando los dos montones juntos, veinticinco sobres del mismo taco, y entendió algo que hasta ese momento había dado por descontado sin razón ninguna: los que venían con sello y los que aparecían por la ranura los había comprado la misma persona, en la misma tienda, probablemente el mismo día. No eran dos caminos. Era uno solo, unas veces con sello y otras a mano.

Y si era uno solo, la pregunta se encogía. Ya no había que averiguar quién echaba dieciséis sobres y quién mandaba nueve. Había que averiguar quién compró un taco de sobres baratos hace dos años y todavía le quedan.

Lo apuntó debajo de las dos letras de Marcial y se quedó un rato con los tres montones delante, sin tocarlos.

A las ocho menos diez, cuando estaba bajando la persiana, Simón Goñi cruzó la calle sin quitarse el delantal. Traía las manos limpias, lo cual, en un panadero a esa hora, es una decisión.

—¿Puedo pasar?

Águeda subió la persiana medio metro y él entró agachado.

Se quedó de pie junto al expositor de las cremas, que es donde se pone la gente que no quiere sentarse.

—He estado dándole vueltas todo el día —dijo—. Y he estado a punto de no venir.

—Ya lo sé.

—No, no lo sabes. Yo el pan se lo dejo en la puerta a esa persona desde hace nueve años. En la puerta, sin llamar, porque no le gusta que la vean en bata. —Se paró—. Y me lo paga el día uno de cada mes, en la mano, sin que se lo pida. Lo que te voy a decir se lo dices tú a la inspectora y a mí no me metas.

—No te voy a meter.

—Dos veces —dijo Simón—. Las dos en lunes. Una en invierno, con escarcha en los coches, y la otra este verano, que amanece antes y por eso la vi bien. Sobre las seis y cuarto. Baja por la acera de tu lado, no cruza, no mira a los lados. Abrigo largo las dos veces, hasta en verano, y no lleva bastón.

—Sigue.

—Se para delante de tu persiana, se cambia el bolso de mano, saca un sobre y lo mete por la ranura. Lo empuja con dos dedos, porque la chapa raspa. Y sigue andando hasta la esquina del frontón, que es por donde se sube a su calle.

Águeda no se movió.

—La segunda vez me quedé mirándola desde la ventana hasta que dobló —dijo él—. Los lunes no abro, pero bajo igual a refrescar la masa madre y a limpiar el horno, así que estaba allí. Y me acordé de que era lunes y de que los lunes yo no le llevo pan. O sea que no bajaba a por nada mío.

—Simón.

—El ruido lo conozco —dijo él—. Es el de los zapatos. En la calle no hay nadie a esa hora, y esos zapatos son de suela dura y suenan distinto a los míos y a los de todo el mundo. Yo he oído esos zapatos entrar en el obrador a por el pan de la consulta desde que era crío y amasaba mi padre, y dejé de oírlos hace tres años, cuando ella se jubiló.

Levantó la vista.

—Es Rosalía. Rosalía Sagasti, la enfermera. Y las dos veces llevaba en la otra mano el cuaderno gris.