En invierno el cuerpo se repliega como un país que retira embajadas y cierra fronteras menores.
Quedan abiertas las manos, la cara, un trozo de cuello si hay descuido. Todo lo demás pasa a la clandestinidad de la lana.
Por eso en invierno un roce vale doble y una mano en la mejilla es casi una declaración de Estado; por eso los amores de diciembre avanzan despacio y sin embargo llegan tan hondo: hay que atravesar capas, aduanas, bufandas con historia.
La piel espera su primavera como esperan los almendros: sabiendo que va a doler un poco, tanta luz de golpe, tanto volver a estar al alcance del mundo.