Primero: no lavar la ropa enseguida. Dejar que la sal haga su trabajo un par de días más.
Segundo: la arena de los bolsillos no es suciedad, es documentación.
Tercero: apuntar en algún sitio la manera exacta en que la tarde se quedaba quieta a las ocho y media, como un perro grande y dorado tumbado sobre las persianas.
Cuarto: no contar los días que quedan. Los días contados se gastan antes, es ley física.
Y último: cuando llegue noviembre y la calefacción huela a invierno viejo, abrir este poema como quien abre un bote de tomate de agosto, y comer despacio, con los ojos cerrados, sin compartirlo con nadie que no estuviera allí.