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Poema · Del catálogo de Margen

Instrucciones para guardar el verano

Primero: no lavar la ropa enseguida. Dejar que la sal haga su trabajo un par de días más.

Segundo: la arena de los bolsillos no es suciedad, es documentación.

Tercero: apuntar en algún sitio la manera exacta en que la tarde se quedaba quieta a las ocho y media, como un perro grande y dorado tumbado sobre las persianas.

Cuarto: no contar los días que quedan. Los días contados se gastan antes, es ley física.

Y último: cuando llegue noviembre y la calefacción huela a invierno viejo, abrir este poema como quien abre un bote de tomate de agosto, y comer despacio, con los ojos cerrados, sin compartirlo con nadie que no estuviera allí.