Curiosidad · Del catálogo de Margen
Bélgica entró en la guerra de Libia sin tener gobierno

Cuatro cazas F-16 belgas despegaron de la base griega de Araxos a las 14.54 del 21 de marzo de 2011, el día 281 sin gobierno. Iban a hacer cumplir la zona de exclusión aérea sobre Libia dentro de Odyssey Dawn, la operación que entonces mandaba Estados Unidos; la OTAN no asumió el mando único hasta el 31 de marzo. Aquella primera salida fue una patrulla sobre el Mediterráneo, al oeste de Creta, guiada por un avión radar AWACS: tenían permiso para intervenir y no intervinieron. El 28 de marzo, los F-16 belgas atacaron por primera vez un objetivo en tierra.
El gobierno que autorizó la misión, a las dos de aquella tarde, llevaba casi once meses sin existir del todo.
El rey había aceptado la dimisión de Yves Leterme el 26 de abril de 2010. Desde ese día su gabinete era un gobierno en funciones: un equipo que sigue en el puesto para despachar lo corriente —pagar nóminas y abrir los colegios— mientras los partidos negocian uno nuevo. Las elecciones se celebraron el 13 de junio de 2010 y el gobierno nuevo tomó posesión el 6 de diciembre de 2011. Entre una fecha y otra hay 541 días, y Guinness homologó esa cifra, contada de elección a toma de posesión, como el récord mundial de tiempo sin gobierno en un país en paz.
En ese tiempo Bélgica pagó pensiones y presidió el Consejo de la Unión Europea durante seis meses, de julio a diciembre de 2010, porque esa presidencia rota por turnos y aquel turno le tocaba. Y entró en una guerra. El pleno de la Cámara votó la resolución que respaldaba la intervención esa misma tarde, por unanimidad menos una abstención, con los cuatro aviones ya en el aire. Un gabinete que no podía sacar adelante una reforma de las pensiones sí podía mandar cazas al Mediterráneo.
Lo que rompió el bloqueo fue el precio del dinero. A finales de noviembre de 2011, con la deuda belga castigada en los mercados y una rebaja de calificación recién encima de la mesa —Standard & Poor's, una de las tres grandes agencias que puntúan a los países, le quitó un escalón el 25 de noviembre—, los seis partidos cerraron en menos de una semana el reparto que llevaban año y medio sin cerrar. Dieciocho meses de reuniones no habían bastado; una semana de mercados nerviosos, sí.
Y volvió a pasar. Entre la dimisión de Charles Michel, en diciembre de 2018, y el juramento de Alexander De Croo, el 1 de octubre de 2020, Bélgica estuvo 652 días entre la caída de un gobierno y el juramento del siguiente —494 desde las elecciones del 26 de mayo de 2019, así que el récord de 2010 aguanta—, y dentro de esos 652 días cayó la primera ola de la pandemia.
El gabinete que cerró el país en marzo de 2020, dictó los confinamientos y compró material sanitario era un gobierno en funciones y en minoría, dirigido por Sophie Wilmès, al que el parlamento tuvo que dar un voto de confianza y después poderes especiales para que pudiera legislar por decreto. Las decisiones más intrusivas de la historia reciente del país las tomó, a toda prisa, un equipo que estaba allí de prestado.
La administración no se paró en ninguno de los dos tramos: el funcionario que paga la pensión, el inspector que firma el acta, el médico de guardia. Se quedó quieto lo que decide a diez años vista —una reforma fiscal, un plan de pensiones, una ley de vivienda—, porque nadie firma eso sin mayoría detrás.
Sumando los dos tramos tal como los cuenta Guinness, 541 más 494, Bélgica ha pasado 1.035 días esperando gobierno después de votar. Dos años y 305 días. En ese tiempo presidió la Unión Europea, bombardeó Libia y encerró a once millones de personas en sus casas.