← Todas las lecturas

Curiosidad · Del catálogo de Margen

Seis muertos en Oregón por una bomba que llegó volando sola

Elsie Mitchell tenía veintiséis años, estaba embarazada de cinco meses y aquel sábado había salido de Bly, un pueblo maderero del sur de Oregón, a merendar en el monte con cinco niños de la iglesia. Era el 5 de mayo de 1945. Murieron los seis, y lo que los mató había cruzado el Pacífico sin que nadie lo pilotara. Su marido, Archie Mitchell, pastor del pueblo, se quedó unos metros atrás con la furgoneta para preguntarle a un peón forestal por el estado del camino.

Los niños llegaron antes que él al claro y vieron entre los pinos una cosa grande y blanca, medio desinflada, con cuerdas y un armazón colgando. Elsie los llamó para que lo vieran de cerca. Uno de ellos lo movió.

Los seis eran Elsie Mitchell, Edward Engen y Jay Gifford, de trece años, Sherman Shoemaker, de once, y los hermanos Dick y Joan Patzke, de catorce y trece. Archie Mitchell fue el único que quedó en pie. Lo que acababa de estallar en aquel monte del interior de Oregón había salido de una playa de Japón, a ocho mil kilómetros.

Era un Fu-Go, el nombre que los japoneses dieron a sus globos bomba. Una esfera de diez metros de diámetro hecha con decenas de hojas de washi, el papel de morera, pegadas con un engrudo de konjac, una raíz que se usa en la cocina japonesa. Dentro, hidrógeno. Debajo, un arnés con sacos de arena, una bomba antipersona de quince kilos y unas cargas incendiarias.

El globo no necesitaba piloto porque llevaba un barómetro: si bajaba de los nueve kilómetros de altura soltaba un saco de arena, y si el sol lo calentaba y subía de más dejaba escapar gas. Así, a saltos, se mantenía dentro de la corriente en chorro, el río de aire que cruza el Pacífico a más de doscientos kilómetros por hora a esa altitud. El viaje duraba unos tres días.

Esa corriente la había medido en los años veinte Wasaburo Oishi, meteorólogo del observatorio de Tateno, soltando globos de sondeo y siguiéndolos con un teodolito, el anteojo con el que se miden ángulos. Publicó sus datos en esperanto, la lengua artificial que entonces parecía el futuro de la ciencia, y fuera de Japón casi nadie los leyó. Veinte años después, su país los usó para mandar bombas a un continente que no tenía defensa posible contra ellas.

Entre noviembre de 1944 y abril de 1945, Japón lanzó unos nueve mil trescientos globos. Se localizaron alrededor de trescientos en Norteamérica, desde Alaska hasta el norte de México y tan al este como Míchigan. Uno cortó, el 10 de marzo de 1945, la línea que llevaba corriente desde la presa de Bonneville hasta Hanford, la planta del estado de Washington donde se producía el plutonio de la bomba de Nagasaki. El sistema de emergencia, que no se había usado nunca, entró tan rápido que los reactores no llegaron a calentarse; aun así tardaron tres días en volver a plena potencia.

La Oficina de Censura de Estados Unidos había pedido a los periódicos que no contaran nada, y los periódicos aceptaron. Sin noticias de incendios ni de muertos, el mando japonés concluyó que la campaña era un fracaso y la canceló aquel abril, un mes antes de Bly, con dos de sus tres plantas de hidrógeno ya destruidas por los B-29. Nadie en aquel claro sabía que no había que acercarse a una lona blanca tirada en el monte.

Bly es el único sitio del territorio continental de Estados Unidos donde murieron civiles por la acción del enemigo durante la Segunda Guerra Mundial. El Departamento de Guerra levantó la censura el 22 de mayo de 1945, diecisiete días después del picnic, con un comunicado que pedía expresamente que se avisara a los niños: que no tocaran ningún globo, ninguna cuerda y ningún trozo de tela que encontraran en el campo.