← Todas las lecturas

Por capítulos · Once colegios y un horno de 1931 · Del catálogo de Margen

Paulino mira la solera y pregunta por la leña

Antes: la inspectora dio a Celso Larrauri 21 días por el benzopireno de la corteza y vuelve el jueves 28. Le quedan diez colegios.

Paulino Garisoain, hornero retirado, llegó el jueves a las diez y diez, con catorce días por delante hasta la segunda inspección y diez colegios escritos en la pared, y lo primero que hizo fue pedir un puñado de harina.

Celso Larrauri, maestro panadero y dueño del obrador, le dio la harina del cuenco de enharinar sin preguntar para qué. Paulino se puso de rodillas en la boca del horno, estiró el brazo y la echó sobre el ladrillo, a dos palmos del borde. La harina se doró en tres segundos y se puso parda en seis.

—Doscientos y pico —dijo—. No se puede tocar, pero se ve. Dame la linterna.

Paulino tiene ochenta y un años y fue hornero de esta casa desde el sesenta y ocho, con tres dueños distintos. La solera de ladrillo refractario que hay ahí dentro la levantó él en 1974, y desde entonces nadie la ha tocado.

No recorrió la cámara con la luz. No fue palpando de delante atrás, no buscó por el fondo, no hizo nada de lo que Celso esperaba. Se arrodilló otra vez en la boca, acercó la cara al arranque de la solera, en el mismo sitio donde había echado la harina, y se quedó mirando una línea del ladrillo a cuatro dedos del borde.

—Trae una vela.

Celso trajo una del cajón de la oficina, de las que se usan para mirar tiros, y la encendió. Paulino la acercó a la línea y la llama se tumbó hacia el suelo, hacia el ladrillo, despacio y sin dudar.

—Hay junta abierta. Por ahí pasa aire.

—¿Y eso qué quiere decir.

—Espera.

Paulino apagó la vela con dos dedos, le dio la vuelta y le enseñó el pabilo, que había salido gris y pringoso. Después pasó la uña por el canto de la junta, que es el palmo de ese suelo que ya se deja tocar, y la sacó negra.

—Esto es hollín. Y el hollín en tu cámara solo puede venir de debajo de ese suelo, que es por donde va el humo. Ha salido por aquí.

Celso se sentó en el poyo de obra sin que nadie se lo dijera.

—Paulino, la junta lleva ahí desde el setenta y cuatro. Yo llevo cociendo veintiséis años y el pan salía igual.

—Ya lo sé.

—¿Entonces por qué ahora.

—Porque la junta es la misma que era. Lo que ha cambiado es el tiro. —Paulino no soltó la vela, y tardó en arrancar lo que se tarda en decidir por dónde—. Tú ya sabes cómo va tu horno. Lo que a lo mejor no has pensado es de qué vive la chimenea. La chimenea tira con el calor del humo: cuanto más caliente sale, más chupa. Con haya, el humo sale ardiendo, la chimenea chupa fuerte, y el conducto que pasa por debajo de ese suelo va un pelo por debajo de la presión de la cámara. Así que por mi junta entraba aire de la cámara al conducto, hacia dentro, y de ahí no salía nada. Por eso en veintiséis años no te enteraste.

—Y ahora al revés.

—Y ahora al revés. Con lo que estás quemando, el humo sale frío. La chimenea tira menos. Y encima lo que quemas va dejando una capa pegada en los conductos y en el cañón, y cada mes que pasa tira un poco menos todavía. Cuando el tiro se queda corto, el humo no sube: se remansa ahí debajo. Y el humo remansado se sale por donde puede, que es por el único agujero que tiene ese suelo. Por mi junta. Por un lado solo, el de la boca.

—De ahí el tostado.

—De ahí el tostado de un lado y la ceniza fina en el culo de esas barras. Y pasa en todas las hornadas, todo el rato, desde que la capa es gorda, Celso. Lo tienes apuntado tú en esa pared desde el otoño.

Celso miró la pared de la tiza, donde están los números de todas las hornadas de la semana, y debajo el 3,1 de hace nueve días, y debajo de la raya el diez.

—Ahí no hay nada del tiro.

—Ahí está lo que yo necesito. —Paulino se levantó y fue hasta la pared, y siguió la columna con el dedo sin tocarla—. Tres cargas donde ponías una. Eso no lo hace un horno viejo. El horno te está pidiendo leña porque no sube, y tú le das más. Y cada carga que le metes de eso ensucia un poco más el conducto.

Eulogio Satrústegui, amasador desde los diecinueve años, había terminado la cuarta hornada a las nueve y cuarenta y estaba limpiando la artesa de espaldas a los dos. Dejó la rasqueta, fue al hueco de la leña, cogió un trozo de la última carga y lo puso encima del mármol, al lado de las dos barras de canto que seguían allí desde el martes. No dijo nada. Volvió a la artesa.

—Paulino.

—Dime.

—La junta se puede cerrar.

—En una tarde, si solo quieres cerrar la junta. Otra cosa es cerrarla bien.

—¿Y eso cuánto es.

—Eso es levantar la boca y ver lo que hay debajo.

Celso fue hasta la pared y se puso a su lado.

—Una cosa. Has entrado ahí, no has mirado el suelo y has puesto la mano justo encima de la junta. Ni has buscado. ¿Cómo sabías que era ahí?

Paulino tardó lo que tarda un hombre de ochenta y un años en decidir qué cuenta hoy y qué no.

—Porque es lo único de este horno que puse yo.

—Eso no me contesta.

—No, no te contesta. Y hoy no te lo voy a contestar. Cuando levantemos la boca nos sentamos tú y yo y te cuento lo del setenta y cuatro entero, con lo que hice y con por qué lo hice. Hoy he venido a mirar un suelo.

A las once y veinte entró el camión al patio y Eulogio salió a abrir la leñera. Celso dio dos pasos hacia la puerta y se paró. Paulino no se movió del sitio: se quedó dentro, agachado otra vez en la boca, raspando con la uña el cerco gris de la base del ladrillo. Cuando salieron al patio, la leña estaba descargada, apilada y tapada con la lona verde, y el camión ya daba la vuelta.

Paulino se acercó a la lona y no la levantó. Se frotó el pulgar con el índice, se acercó los dedos a la nariz y los olió despacio, dos veces, como se huele un corcho.

—¿Qué leña quemas.

—Haya.

—Ya. —Paulino se limpió la mano en el pantalón y miró a Celso a los ojos—. Esto que llevo en los dedos lo he sacado de dentro de tu cámara. La haya huele a tostado y se va con un trapo. Esto se queda, es pegajoso y tiene algo dulce debajo. La haya no deja esto.