
Mi vecina regaba el jardín a las tres de la madrugada. Durante años creí que era insomnio. La noche que no pude dormir y miré por la ventana, entendí que no regaba plantas.
No había plantas. Había, en su lugar, pequeños montículos de tierra alineados con un cuidado de jardinera, y ella iba uno por uno con la regadera, susurrándoles algo que el cristal no me dejaba oír.
A la mañana siguiente bajé con cualquier excusa. El jardín era normal: rosales, una higuera, un banco de hierro. Le pregunté, como quien no quiere la cosa, si dormía bien.
—Riego de noche para que no se note —dijo sonriendo—. De día, todo el mundo querría saber qué crece aquí.
Volví a casa y no dije nada. Esa noche, a las tres, dejé la persiana baja. Hay vecindades enteras sostenidas por las preguntas que uno decide no hacer.