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Por capítulos · Las doce ultimas noches del 803 · Del catálogo de Margen

Amelia solo puede subir a uno por noche

Antes: Serafín Mardones, jefe de servicio, avisó a Olalla de que si el día 31 aparece un pasajero en el 803, responde ella.

Quedan ocho noches. Olalla Berruezo, revisora del 803, llegó a la estación de Ribadeña a las diez y cuarto con cuatro folios grapados doblados en el bolsillo del uniforme, y no los sacó hasta la una y veinte de la madrugada.

Eran la fotocopia de la lista de 1998: ochenta y siete nombres escritos a mano, cada uno con su oficio y su pueblo al lado. Se la había hecho el jueves Casilda Trigo, jefa de estación de Ribadeña, en la máquina de la oficina y mirando al pasillo.

—Yo no te he dado nada —le dijo Casilda—. Eso lleva veintiocho años en un archivo que puede pedir cualquiera.

—¿Y lo ha pedido alguien?

—En veintiocho años, una persona. Amelia Sanchís. En marzo.

A las 23:40 el 803 salió con las luces encendidas y sin un solo viajero. A las 00:11, Fermín Aizpún, maquinista que se jubila dentro de ocho días, frenó en el punto kilométrico treinta y uno con dos y abrió la puerta uno sin que nadie se lo hubiera pedido.

Subieron dos. Amelia Sanchís, maestra jubilada de Ribadeña, con su abrigo azul marino, y detrás un hombre bajo, de unos ochenta años, con gorra de paño y una bolsa de tela.

—Aquilino Zubeldia —dijo él—. Afilador. Cuarenta y un años con la piedra y la bicicleta por toda la comarca.

—Señor Zubeldia, este tren no lleva viajeros.

—Ya. Eso me ha dicho ella tres veces. —Sacó del bolsillo interior una cartulina fina—. Ribadeña a Puente Alcor, ida, catorce de noviembre de 1998. Sin picar.

Olalla no lo picó. Lo sentó en la fila nueve, volvió sobre sus pasos y se quedó de pie delante de Amelia con la picadora en la mano, igual que la noche anterior.

—Señora Sanchís, hoy no me vale «pregúntemelo otro día».

—Ya lo sé.

—Le quedan ochenta y cinco billetes y ocho noches. A uno por noche llega a ocho. Le sobran setenta y siete personas y no le sobra ni un día. Y usted sabe contar mejor que yo, que para eso fue maestra cuarenta años. Dígame por qué me los trae de uno en uno.

Amelia se desabrochó el abrigo despacio, como quien se prepara para estar un rato.

—Porque no sé dónde viven.

—¿Cómo que no?

—Mire la lista. —Amelia señaló los cuatro folios del bolsillo, que Olalla todavía no había dicho que llevaba—. Sí, ya sé que la tiene. La pedí yo en marzo y me la dejaron ver veinte minutos. Nombre, oficio y pueblo. Eso es todo lo que hay ahí. Ni una calle, ni un número, ni un teléfono. En 1998 no hacía falta: yo iba casa por casa y sabía dónde estaba cada casa.

—Y ahora no.

—Ahora Riofrío lleva veintiocho años debajo del agua y esa gente está repartida. —Amelia fue contando con los dedos, como quien enseña una división en la pizarra—. Villaseca, Corrales, Puente Alcor, dos en Bilbao, una en Alicante con la hija. De los ochenta y siete, en marzo yo sabía dónde vivían tres.

—Tres.

—Puri Berruezo, su madre, que sigue en la misma casa. Rosario Vidán, que me cortaba el pelo. Y Amadeo Sanz, que no cuenta, porque es el jefe de la oficina de Correos y lo veo todos los días.

Olalla miró hacia la fila nueve. Aquilino Zubeldia se había quitado la gorra y la tenía encima de las rodillas, mirando por la ventanilla con la cara de quien va a algún sitio.

—¿Y él?

—Él me lo dio Rosario anteanoche, sentada donde está usted ahora, antes de bajarse en Sotoclaro. Me dijo: «Aquilino el afilador vive encima del bar de Ermua, se entra por detrás». Ayer por la mañana fui a Ermua, llamé a la puerta de atrás, me abrió en camiseta, tardé dos horas en explicárselo y esta noche está aquí. Y antes de bajarse me va a decir dónde para el siguiente.

—Por eso uno por noche.

—Por eso uno por noche. Cada uno que sube es el único que sabe dónde está el que viene detrás. No hay otra lista, Berruezo. La lista son ellos.

Olalla se sentó. Es lo primero que hacía en once años estando el tren en marcha.

—Ocho noches, ocho personas.

—Nueve, conmigo.

—No me sirve. —Se pasó la mano por la cara—. Mardones me lee el registro de puertas todas las noches a las tres y catorce. El día 31 hay acto: viene el subdelegado y viene un fotógrafo que pagan ellos. Como el día 31 se le presenten nueve personas en el andén, el expediente lo firmo yo, y usted sale en la foto.

—Ya lo sé, hija.

—¿Entonces?

—Usted es la única de este tren que tiene teléfono de empresa, ordenador y llave del archivo. Yo tengo una bicicleta prestada y ochenta y cinco billetes.

A las 2:40, poco antes de Ermua del Río, Aquilino Zubeldia se levantó de la fila nueve y vino por el pasillo agarrándose a los respaldos.

—Sanchís. Llevo toda la noche pensándolo y son dos, no uno.

—¿Dos?

—Las hermanas Berrocal. Cosían para el economato de la presa. Las dos firmaron y las dos viven en la misma casa de Corrales, la que tiene la parra. —Se quedó parado—. Vivían.

—¿Y a cuál de las dos subo?

—A las dos, mujer. Si sube una y la otra se entera de que no la ha avisado nadie, a mí no me vuelva usted a dirigir la palabra en la vida.

Amelia apuntó «Berrocal, Corrales, la de la parra» en el margen de un sobre. Olalla, que estaba a metro y medio y no dijo nada, lo apuntó también en el suyo.

Fermín aflojó en Ermua del Río y Aquilino Zubeldia se bajó con su bolsa de tela. Olalla sacó por fin los cuatro folios, los desdobló encima de la mesita, encendió la lámpara de lectura y los leyó de arriba abajo con el lápiz en la mano, contando cuántos apellidos le sonaban de algo.

Contó catorce.

Y en el folio tres, en la línea sesenta y uno, encontró lo único de las cuatro páginas que no era un nombre escrito a mano en tinta negra: un nombre tachado con bolígrafo azul, de un solo trazo, apretado con tanta fuerza que había marcado el folio siguiente y no dejaba leer nada debajo.

Era el único tachón de los ochenta y siete.

—Señora Sanchís. ¿Quién tachó este?

Amelia no se levantó a mirar. Contestó desde su asiento, sin subir la voz, y a Olalla le pareció que era la primera vez en cinco noches que aquella mujer decía algo sin haberlo pensado antes.

—Yo.