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Capítulo 12 · Del catálogo de Margen

Águeda pone las treinta y una recetas en el mostrador

Portada de Águeda pone las treinta y una recetas en el mostrador

Antes: Rosalía Sagasti, enfermera jubilada, quemó las nueve recetas en blanco y entregó a Águeda el cuaderno gris, las tapas del talonario y el sello.

El día 26 amaneció con niebla, cero días por delante y la persiana de la farmacia subida a las siete y media, hora y cuarto antes de lo que marca el cartel. Águeda Mendioroz, farmacéutica titular de la única botica de Valdecierzo, no había dormido y no lo disimuló.

Sobre el mostrador, en una fila que ocupaba metro y medio de tablero, estaban las treinta y una recetas: las copias que le devolvía el sistema de facturación, ordenadas por fecha, cada una con su número de serie a la vista. Al lado, las tapas verdes del talonario. Al lado, el sello de caucho del consultorio, boca arriba, con la tinta seca. Al lado, el cuaderno gris, abierto por la primera página, con la cuartilla que Rosalía había pegado con celo el domingo. Y encima de todo, un folio escrito a mano por Águeda esa madrugada, con su nombre, su número de colegiada y once líneas.

Había barrido el suelo dos veces.

A las ocho y cuarto entró Petra Aldunate, inspectora de farmacia del área de salud, con un abrigo largo y una carpeta de anillas, y detrás de ella Marcial Beloki, técnico de la gerencia del área, el de facturación, el mismo que había cogido el teléfono cuatro días antes, un viernes a las nueve y cuarto, para decirle a Águeda que a la inspección no la había pedido nadie: que lo que había era un cruce.

—Buenos días —dijo Petra—. Venimos a revisar el archivo de recetas del último ejercicio y…

Se paró. Estaba mirando el mostrador.

—Están todas ahí —dijo Águeda—. Las treinta y una. No hace falta que las busque.

Petra dejó la carpeta en el hueco que quedaba libre, junto a la caja registradora, y se quitó los guantes despacio. Marcial Beloki sacó un portátil y no llegó a abrirlo.

—¿Me está diciendo que las tenía preparadas?

—Le estoy diciendo que las dispensé yo, una por una, y que llevo catorce días averiguando quién las firmaba. Lo averigüé el viernes. Está escrito ahí, en el cuaderno, con la letra de quien lo firma. —Empujó el folio manuscrito dos centímetros hacia ella—. Y esto es lo que le entrego yo, por si el orden importa.

Petra leyó el folio de pie, sin sentarse, y no dijo nada hasta el final. Eran once líneas y cada una era un nombre con una fecha delante: la primera vez que Águeda había dispensado a esa persona una receta firmada por Braulio Sagasti después de marzo de 2024. La primera línea era del quince de julio de aquel año. La última, de hacía tres semanas. Debajo, una frase sola: «Las despaché las treinta y una yo. Ninguna me la pusieron en la mano con engaño.» Después leyó la cuartilla pegada dentro del cuaderno gris. La fecha del veinticuatro. Los treinta y un números de serie. Y la línea de abajo: «Las firmé yo. Rosalía Sagasti Aldaz, enfermera».

Petra Aldunate llevaba diecisiete años entrando en farmacias con esa carpeta y sabía cómo empiezan estas mañanas. Empiezan con un titular que no aparece, con un archivo que se ha mojado, con un ordenador que justo esa semana da error. La vez que peor lo pasó fue en una farmacia de costa donde un titular vendía recetas de opioides a cambio de dinero, y aquella mañana tardó cuatro horas en que le enseñaran la primera carpeta.

Aquí llevaba nueve minutos y tenía delante el material completo, ordenado por fecha, con una confesión firmada encima.

—Esto no me lo puedo saltar —dijo—. Que usted me lo dé antes de que se lo pida no lo borra.

—No se lo doy para que lo borre —dijo Águeda—. Se lo doy para que no tenga que buscarlo, que es distinto.

—¿Dónde está esta señora?

—Viene a las nueve —dijo Águeda—. Se lo pedí yo y dijo que sí antes de que acabara la frase.

A las nueve menos diez la campanilla de la puerta sonó dos veces seguidas. La primera fue Simón Goñi, el panadero, que subía el pan al barrio alto los jueves y que ese día se había desviado para dejar cuatro barras y llevarse los pastilleros semanales; miró el mostrador, miró a Águeda, dejó el pan en la banqueta y se fue sin decir nada, que fue exactamente lo que había que hacer.

La segunda fue Rosalía Sagasti. Setenta y un años, enfermera del consultorio de Valdecierzo durante treinta y cuatro, jubilada desde hacía tres, seis meses justos antes de que muriera su hermano, hermana del médico que había firmado aquellas recetas dos años después de muerto. Llevaba el abrigo bueno y una bolsa de tela con dos cosas dentro.

—Rosalía Sagasti —dijo—. La colegiada mil ciento cuatro. ¿Empezamos?

Petra Aldunate le señaló la banqueta y Rosalía no se sentó.

Lo contó de pie y en once minutos, sin que nadie tuviera que preguntarle dos veces lo mismo. En marzo de 2024 murió su hermano Braulio, médico rural del consultorio durante treinta y un años. La plaza no se cubrió. El médico de área pasó a atender Valdecierzo desde el ambulatorio de la comarca, a veintidós kilómetros, dos mañanas por semana, sin historial y con la agenda llena. En el consultorio quedaron las fichas, el botiquín y, dentro del botiquín, un talonario de recetas oficiales y un sello que el acta de recogida de material dio por retirados y que la furgoneta nunca llegó a llevarse.

En ese momento había once personas en el pueblo, todas de más de setenta y cinco años y todas viviendo solas, que llevaban entre siete y treinta años tomando lo mismo todos los días: digoxina, furosemida, Sintrom, insulina lenta, hierro. Rosalía sabía las pautas de memoria y las tenía escritas desde 1991 en un cuaderno gris que había empezado ella el año que se quedó sola en las curas, con las dosis, las alergias, quién tenía escaleras en casa y quién no tenía a nadie que subiera a mirarlo.

—Y en julio se le acabó a Balbina la caja de digoxina —dijo—. Balbina Ochandiano, ochenta y cuatro años, ganadera jubilada, del barrio alto. Cita con el médico de área: veintinueve días. Yo tenía el cuaderno, tenía el talonario y sabía firmar como mi hermano porque le hice yo las recetas del consultorio durante veinte años, con su firma delante, para que él las repasara y las firmara después. Así que hice lo mismo que había hecho toda la vida, pero sin él detrás.

—Cobró usted algo.

—Nada. Ni una peseta, ni un favor, ni un jamón por Navidad. Puede mirar mi cuenta cuando quiera y le firmo el permiso ahora mismo.

—¿Recetó algo nuevo?

—Nada nuevo. Renovaciones de lo que ya tomaban, y en dos años cambié tres cosas: le pasé a Balbina la digoxina de la noche a la mañana y le quité el somnífero porque se cayó de madrugada con el pulso en cuarenta y ocho; a Amadeo Etxarri le puse la furosemida a días alternos porque se le hinchaban los tobillos con el calor; y a Fermina Larrañaga le retiré el hierro porque le cerraba el estómago. Las tres están escritas en el cuaderno con la fecha y con mis iniciales el mismo día que las hice. No hay una cuarta.

—Eso es lo más grave de todo lo que me ha contado.

—Ya lo sé. Por eso está escrito.

Petra Aldunate pidió el cuaderno gris y se puso a cruzarlo con las recetas del mostrador, receta por receta, en voz alta, mientras Marcial Beloki iba marcando en la hoja de cálculo. Tardaron cincuenta minutos. Once nombres, treinta y una dispensaciones, ninguna repetida dentro del mismo mes, ninguna caducada, ninguna de un medicamento que no estuviera ya en la ficha del paciente antes de marzo de 2024. Fermina Larrañaga, setenta y nueve años, hierro y Sintrom: cuatro recetas. Amadeo Etxarri, ochenta y uno, furosemida: cinco. Anselma Redín, ochenta y dos, maestra jubilada, insulina lenta: cuatro. Balbina Ochandiano, digoxina: cuatro, la última de hace dos semanas. Y así hasta las treinta y una.

En la número diecinueve, Águeda se paró.

—Esa la despaché yo un martes de febrero a las diez menos veinte —dijo—. Me acuerdo porque Balbina se quedó a que le llenara el pastillero y me dijo que ya no le entraba el bote azul en la casilla de la noche. El bote azul era el somnífero. Me lo dijo en la cara y yo le llené la casilla y no pregunté por qué había desaparecido.

—Usted no tenía por qué preguntarlo —dijo Petra.

—Tenía la receta de un muerto en la mano y a la señora contándome que le habían cambiado la pauta. Sí que tenía por qué.

Marcial Beloki explicó entonces lo suyo, que era la otra mitad de la respuesta. Hasta este año el fichero de recetas dispensadas solo se cruzaba con el de colegiados en alta. El cruce con las bajas —jubilaciones, traslados, defunciones— se puso en marcha en enero, una vez al trimestre, y el primero salió en abril. Saltaron treinta y una, todas con el mismo número: el 31.0448, de baja por defunción desde marzo de 2024. El aviso salió el catorce de abril con cuarenta y dos por delante en la cola y tres personas para atenderlos. El día veintiséis era el que le había tocado a la farmacia de Valdecierzo, ni más ni menos.

—O sea que la inspección de hoy no la ha pedido nadie del pueblo —dijo Rosalía.

—No la ha pedido nadie. La ha sacado un cruce de ficheros —dijo Marcial.

Petra Aldunate levantó acta a las diez y veinte, encima del mostrador, con Marcial Beloki tecleando y Águeda de pie al otro lado, en el sitio donde despacha. El acta recogió, por este orden: la relación de las treinta y una dispensaciones con sus números de serie y sus fechas; las tapas del talonario con los dos seriales, coincidentes con el acta de abril firmada por el secretario del ayuntamiento; el sello; la declaración manuscrita de Rosalía Sagasti; el cuaderno gris, con las tres anotaciones firmadas «R. S.»; la declaración manuscrita de Águeda Mendioroz; y una línea que Rosalía dictó y Marcial escribió literal: que faltaban nueve hojas del talonario y que las había quemado ella en la cocina de su casa el domingo veinticuatro, con la farmacéutica delante.

Las tapas y el sello quedaron precintados en una bolsa con la firma de los cuatro cruzando el cierre.

Petra les dijo en voz alta, para que constara que se lo había dicho, lo que venía después y lo que no. Que firmar con el nombre de otro un documento oficial tiene nombre en el código penal y que ella no decide eso, lo decide un juzgado si la gerencia lo lleva allí. Que Rosalía Sagasti se expone además a un expediente del Colegio de Enfermería. Que la farmacia de Águeda Mendioroz se expone a un expediente propio por haber dispensado treinta y una recetas de un prescriptor fallecido, y que la entrega voluntaria no lo evita, aunque pesa. Y que ninguna de las dos cosas se resuelve esa mañana ni en esa habitación.

—¿Y hasta que se resuelva? —preguntó Rosalía.

—Hasta que se resuelva, usted no vuelve a tocar un talonario en su vida y la farmacia sigue abierta.

El acta llevaba también una propuesta, que es lo único que en aquel mostrador podía llamarse una decisión. Petra Aldunate propuso la remisión del expediente a la gerencia del área y al Colegio, y anotó como circunstancias a considerar que no hubo lucro, que no hubo prescripción nueva salvo tres ajustes documentados el mismo día, que ningún paciente sufrió daño conocido, y que la titular de la farmacia había entregado el material completo antes de que se le pidiera. Marcial Beloki añadió, por su parte y por escrito, dos compromisos con fecha: que la gerencia reabriría el consultorio de Valdecierzo dos días por semana con el médico de área a partir del quince del mes siguiente, y que el reparto de los pastilleros semanales al barrio alto pasaría a constar como servicio, con quién lo hace y a qué hora, en vez de existir porque un panadero sube los jueves.

A las once menos cuarto entró Balbina Ochandiano a por su pastillero. Vio a cuatro personas de pie alrededor de un mostrador lleno de papeles y preguntó lo que preguntaría cualquiera.

—¿Ha pasado algo?

—Que a partir del quince tiene médico aquí dos días por semana —dijo Águeda—. Y que su digoxina de esta semana está en la casilla de la mañana, como desde febrero.

Balbina cogió la caja de plástico con los siete compartimentos, la metió en el bolso y se quedó un momento mirando a Rosalía, a la que veía todos los meses en la calle y a la que hacía años que no veía dentro de la farmacia.

—Buenos días, Rosalía.

—Buenos días, Balbina. Tómate la de la mañana con el desayuno, no en ayunas.

—Como siempre —dijo Balbina, y se fue con el bolso apretado contra el costado, por la calle del médico, que se llama así desde antes de que hubiera médico.

Cuando la puerta se cerró, Petra Aldunate giró el acta sobre el tablero y le quitó el capuchón al bolígrafo.

Rosalía firmó el acta con su nombre completo, enfermera colegiada 1.104, y debajo, por primera vez en dos años, no firmó nadie más.