Por capítulos · El ejemplar 215 · Del catálogo de Margen
El sistema dice que este libro ya no existe

Doscientos catorce. Ese es el número que Ainhoa Cortabarria, restauradora de libros de la Biblioteca Provincial de Huesca, tiene escrito con rotulador en el dorso de la mano desde las ocho de la mañana. Doscientos catorce títulos que verificar antes del día 30, cuando lleguen los camiones.
Verificar quiere decir una cosa muy concreta desde que existe el Programa Nacional de Desduplicación: comprobar que el ejemplar que se queda en la sala es el que el sistema dice que se queda. Un título, un ejemplar. Lo que sobra se sube a un camión y va a la planta de pasta de papel de Sabiñánigo. En el resto del país lleva dos años funcionando. En Huesca les tocó en mayo.
El primero del carro es un tomo de tapa dura, tela gris, sin sobrecubierta. Estudios sobre el regadío en la Hoya, Casimiro Lete, 1974. Ainhoa lo apoya en el atril, pasa el lector óptico por el código de la contratapa y espera el pitido corto.
El pitido es largo.
En la pantalla, sobre fondo naranja: EJEMPLAR NO LOCALIZABLE — BAJA POR DESTRUCCIÓN.
—Fabián.
Fabián Oyarzun, jefe de sala y responsable del expurgo, tarda en llegar lo que tarda en dejar el café. Es un hombre de sesenta años que lleva desde marzo firmando listas y ha aprendido a mirar las pantallas con la cara muy quieta.
—Pásalo otra vez.
Ainhoa lo pasa otra vez. Pitido largo. Fondo naranja.
—Será el código —dice Fabián—. A veces el tóner del setenta y cuatro se come una barra.
—No es el código. Mira la ficha.
La ficha está completa y es coherente consigo misma, que es lo peor. Título, autor, signatura, año. Y abajo, en el bloque de trazabilidad, tres líneas escritas por una máquina que no tiene ningún motivo para mentir: SALIDA LOTE 41 — 12 MARZO 2038. ENTRADA PLANTA SABIÑÁNIGO — 14 MARZO 2038. DESTRUCCIÓN CERTIFICADA — 14 MARZO 2038.
Fabián se apoya en el atril con las dos manos.
—Eso es de hace tres meses.
—Eso es de hace tres meses —repite Ainhoa— y lo tengo aquí.
Lo tiene ahí. Pesa novecientos gramos largos. Tiene una mancha de humedad en el canto inferior con forma de península y el lomo cosido, no encolado, porque en 1974 en Huesca todavía se cosía. Ainhoa lleva once años restaurando libros y sabe reconocer un tomo que ha estado guardado en un sitio seco: este ha estado en un sitio seco.
—Vale —dice Fabián—. Vale. Lo apartas, lo pones en incidencias y sigues con los otros doscientos trece. El día 30 vienen los camiones y hay que tener el lote cerrado.
—¿Y si el sistema se ha equivocado con más?
—Entonces se habrá equivocado con más.
Se va. Ainhoa se queda con el tomo abierto por la mitad, por donde se abren solos los libros que alguien ha usado mucho, y entonces lo ve.
En el margen derecho de la página 148, a lápiz, con una letra pequeña y muy inclinada, hay una frase escrita: aquí falta el nombre. Debajo, dos líneas más de la misma letra. Ainhoa pasa páginas hacia delante y hacia atrás y las va encontrando: en la 12, en la 63, en la 90, en la 147, en la 148, en la 201. No son subrayados de estudiante. Son correcciones. Alguien ha leído este libro con un lápiz en la mano y le ha ido enmendando cosas.
Ainhoa hace lo que hace siempre que un libro le dice algo: lo pone bajo la lámpara de brazo y lo mira de canto. El grafito de las anotaciones está limpio, sin roce, sin cerco de dedos. Es reciente.
Vuelve a la página 148 y lee la nota entera. Al final de la última línea, muy pegada al corte, hay una firma de dos letras y una fecha.
C. L., 2036.
Ainhoa mira la portada, donde pone Casimiro Lete, 1974. Mira la pantalla, donde pone destruido el 14 de marzo de 2038. Y mira el dorso de su mano, donde pone 214.
Después coge el teléfono de la sala y marca el número de la planta de Sabiñánigo, que aparece en el pie de todos los certificados de destrucción y que, hasta esta mañana, nunca había tenido ningún motivo para marcar.