Curiosidad · Del catálogo de Margen
En 1905 un obrero ciego vio por primera vez con córnea ajena

Olomouc, Moravia, 7 de diciembre de 1905. Eduard Zirm, cirujano oftalmólogo de 42 años, cose una fina lámina de córnea sobre el ojo derecho de Alois Glogar, obrero cegado meses antes por cal viva. La córnea es del ojo derecho de Karl Brauer, un niño de once años que ese mismo día había perdido los dos ojos por una esquirla metálica en una fábrica. Cuando le retiran el vendaje, Glogar reconoce la mano del médico contra la luz. Es el primer trasplante de tejido humano de la historia que sobrevive.
Antes de Zirm hubo docenas de intentos —con córneas de conejo, con córneas de cerdo, con recortes cosidos sin anestesia—; todos fracasaron por rechazo o infección. Zirm tuvo dos ventajas incómodas: la córnea es un tejido casi sin vasos sanguíneos, así que el sistema inmunitario apenas la ataca; y el donante era un niño de horas antes, con tejido intacto. Al día siguiente publicó el caso en la Archiv für Ophthalmologie con un dibujo a lápiz y siete líneas: pupila reactiva, ve sombras, ve dedos a 30 centímetros.
Glogar recuperó lo bastante para volver a leer letras grandes y a hacer trabajo manual. Murió en 1911, seis años después, con la córnea aún transparente. La operación de Zirm se ha repetido más de dos millones de veces en el siglo largo que llevamos desde entonces; el ojo derecho de un niño de once años sigue siendo el punto en el que empezó la medicina de trasplantes.