Microrrelato · Del catálogo de Margen
Al autobús 47 le sobran 3,4 kilómetros cada noche

Jueves, 05:40. Isidro Cañas, mecánico de la cochera de Villaverde, escribe en la hoja del 47: «3,4 km sin ruta asignada. Cuarta noche seguida». Firma debajo, porque el que firma responde.
Miércoles, 23:50. Nerea Puig, jefa de tráfico, le pide que lo redondee. La auditoría de flota se cierra el día 30 y un vehículo con kilómetros huérfanos abre un expediente de tres semanas. Isidro le contesta que él no redondea nada que lleve su firma.
Martes, 01:10. Desde el foso oye entrar el 47 con veinte minutos de retraso. Fermín Olalla, conductor de la línea desde hace once años, baja con el parte ya relleno.
Lunes, 00:30. Isidro sube al último servicio de pie, junto a la puerta central. En la penúltima parada quedan Chelo Baamonde y otra compañera del turno de limpieza del hospital. Fermín no las deja allí: sigue mil setecientos metros más por la carretera vieja, para delante del número 12 de la calle Herrera y abre las puertas. Luego da la vuelta, entra en la cochera y escribe la ruta oficial, ni un kilómetro de más.
—Desde junio no hay línea de noche —dice Fermín, todavía sentado—. Son once minutos míos y cuatro paradas suyas andando a oscuras. Apúntalo donde quieras, pero apúntalo entero.