
Me mudé en enero. La primera madrugada se lo atribuí a algún vecino insomne; la segunda, a un horno industrial mal situado; la tercera bajé en pijama con el plano del edificio impreso. Locales: una gestoría y un almacén vacío. Ninguna panadería. El olor, mientras tanto, subía por la escalera como quien tiene costumbre.
Le pregunté al del segundo, que lleva aquí cuarenta años. «Ah, eso es el Horno de Vidal», dijo. «Cerró en el 89». Lo dijo así, sin misterio, como quien explica que el ascensor tarda.
—¿Y entonces?
—El edificio se acuerda. —Se encogió de hombros—. Al principio se nota mucho. Luego ya no lo hueles: te huele a casa y punto. Cuando pase, es que ya eres de aquí.
Esta mañana me he despertado a las seis sin alarma. He salido al rellano y he respirado hondo, con un poco de miedo de no notar nada.
Todavía huele. Todavía no soy de aquí. Me he sorprendido deseando que tarde.