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Idea · Del catálogo de Margen

El trabajo se hincha hasta llenar el tiempo que le des

En 1955, el historiador Cyril Northcote Parkinson publicó en una revista una observación medio en broma que se volvió inmortal: «El trabajo se expande hasta llenar el tiempo disponible para terminarlo». Su ejemplo era una señora jubilada que tarda un día entero en enviar una postal: una hora en elegirla, otra en buscar las gafas, media en la dirección, dos en decidir si llevar paraguas hasta el buzón. La misma postal que una persona ocupada despacha en tres minutos.

La trampa es que el tiempo disponible no es un recipiente neutro: es una invitación. Una tarea sin plazo se convierte en una tarea infinita. Una reunión de una hora encuentra la manera de durar una hora, aunque lo importante se dijera en los primeros diez minutos.

Y la aplicación práctica va al revés de lo que parece: no consiste en correr, sino en dar cajas más pequeñas. Ponle a la tarea un plazo ligeramente incómodo —cuarenta minutos, no «esta semana»— y deja que la restricción recorte sola los adornos, las dudas y las vueltas de más. No es magia: es que, sin espacio para hincharse, el trabajo se queda en lo que de verdad era.