← Todas las lecturas

Relato · Del catálogo de Margen

El cuarto de coser

En casa de mi madre hay un cuarto pequeño donde el tiempo se sentó una tarde y no volvió a levantarse.

Le llamábamos el cuarto de coser aunque hacía años que nadie cosía. Cabía justo lo necesario: la máquina Singer con su volante negro y su olor a aceite dulce, una silla con el asiento hundido a la forma exacta de una mujer, y una ventana que daba al patio interior, esa clase de patio por donde la luz baja a regañadientes y llega ya cansada, del color del té flojo.

De niña me escondía allí. No del castigo, sino del ruido del resto de la casa. Me sentaba en el suelo entre los retales, esas medias lunas de tela que sobran de todos los vestidos que fueron, y respiraba. Cada retazo era la prueba de una fiesta, un luto, un bautizo, un domingo. La casa entera se podía contar por lo que había caído al suelo de aquella habitación.

Mi madre entraba a veces, no a coser, solo a estar. Se sentaba en la silla hundida y ponía las manos sobre las rodillas como quien apoya dos herramientas que ya descansan. Miraba el patio. Yo la miraba a ella mirar. Había en su cara una paz que no le vi en ningún otro cuarto, la paz de quien ha dejado, por diez minutos, de ser útil a nadie.

Ahora ella ya no sube las escaleras y el cuarto lo cuido yo cuando voy. No he cambiado nada. El hilo sigue enhebrado en la aguja, tenso, esperando una puntada que no va a llegar, y me da reparo cortarlo, como si cortarlo fuera admitir algo. La otra tarde me senté en la silla por primera vez. Encajé exacta en el hueco de su forma, y por un momento pensé que así se hereda de verdad una casa: no en los papeles, sino el día en que uno cabe, sin quererlo, en el sitio que otra dejó gastado de tanto estar.