
Los psicólogos lo llaman la paradoja de Salomón, por el rey sabio que resolvía los dilemas de todos menos los suyos: razonamos mejor sobre los problemas ajenos que sobre los propios.
En los experimentos de Igor Grossmann y Ethan Kross, la gente analizaba un mismo conflicto con más lucidez —más matices, más alternativas, más humildad— cuando le pasaba a otra persona que cuando le pasaba a ella. No es falta de inteligencia: es exceso de cercanía. Metidos dentro del problema, el miedo y el orgullo ocupan todo el campo de visión.
El truco es fabricar distancia. Escribe tu problema en tercera persona, como si le pasara a alguien de tu edad y tu vida: «X lleva meses dudando si dejar su trabajo…». O hazte la pregunta directa: si mi mejor amigo me contara exactamente esto, ¿qué le diría? La respuesta suele llegar rápida y clara — señal de que ya la sabías.
No es un juego de palabras: en los estudios, ese pequeño desplazamiento acercaba la sabiduría con la que juzgamos lo ajeno a la que aplicamos a lo propio. El consejo bueno ya lo tienes. Solo falta tratarte como a alguien a quien quieres aconsejar bien.