
Compré la libreta por el lomo, por el peso, por cómo abría de plano sobre la mesa.
Llevo tres semanas sin estrenarla.
La primera página exige una letra que no tengo, una frase a la altura del papel, una vida un poco más en limpio.
Las otras noventa y nueve no piden nada: listas de la compra, teléfonos, una mancha de café, la letra torcida de apuntar en el autobús.
Ahí vivo yo, en las páginas del medio. Pero la primera manda.
Hoy la he abierto y he escrito la fecha. Solo la fecha. Torcida.
Ya está estropeada. Ya está empezada. Ya es mía.