Curiosidad · Del catálogo de Margen
Un médico se ofreció a pasar 437 días sin gravedad

Abrieron la escotilla de la cápsula Soyuz TM-20 el 22 de marzo de 1995, en la estepa de Kazajistán, y Valeri Poliakov, que llevaba 437 días y 18 horas sin pisar la Tierra, pidió que no lo sacaran en brazos. Se puso de pie en la estepa y recorrió andando los pocos metros que había hasta la tumbona donde iban a revisarlo. Poliakov era médico militar especializado en medicina espacial y se había ofrecido voluntario para eso exactamente: pasar catorce meses y medio sin gravedad y bajar de la nave por su propio pie.
Esos metros eran el experimento.
Lo habitual, después de una estancia larga, es que al tripulante lo saquen en brazos y lo lleven sentado hasta la tienda médica. Las piernas y el sistema que regula la tensión arterial llevan más de un año sin trabajar contra la gravedad, y las primeras horas con el peso propio encima son las peores.
Valeri Vladímirovich Poliakov, nacido en Tula en 1942, llevaba años defendiendo dentro del programa soviético una cuenta muy concreta. El trayecto de ida a Marte dura, según el perfil de la misión, entre seis y nueve meses, y la misión completa se mide en años. Que un cuerpo humano sobreviva ese tiempo en órbita ya estaba medio demostrado. Lo que nadie había medido era en qué estado llega: si al abrirse la escotilla al otro lado el tripulante puede bajar, caminar, montar un equipo, recoger una muestra. Para medirlo hacía falta alguien que pasara en ingravidez más de lo que dura el viaje de ida y después intentara andar. Se ofreció él.
Sabía lo que firmaba. Entre agosto de 1988 y abril de 1989 ya había estado 240 días en la Mir, la estación soviética que giraba a unos 350 kilómetros de altura. La segunda vez despegó el 8 de enero de 1994 en la Soyuz TM-18 y se quedó arriba catorce meses y medio, mientras las tripulaciones enteras entraban y salían a su alrededor. Seis días antes de que él se marchara acopló Norman Thagard, el primer astronauta de la NASA que vivió en la Mir. Poliakov siguió en su sitio, dando unas siete mil vueltas a la Tierra.
Arriba era al mismo tiempo el sujeto y el médico de guardia. Se pesaba, se medía, se sacaba sangre, apuntaba cómo dormía y cómo le salían las cuentas mentales, y cumplía el protocolo de ejercicio que la estación tenía para los huesos y el corazón: cinta, gomas elásticas y dos horas y media al día. Nada de eso evita del todo la factura: se pierde masa ósea, masa muscular y parte del volumen de sangre.
La respuesta fueron unos pocos pasos. Ya en la tumbona, según contaron los que estaban allí, pidió un cigarrillo y un trago de coñac, y se los dieron. En unas semanas caminaba con normalidad.
Desde aquel día se sabe que un ser humano puede pasar catorce meses y medio en gravedad cero y bajar por su propio pie. Quedan abiertos otros problemas gordos, y el mayor es la radiación: en la órbita baja terrestre el campo magnético del planeta filtra buena parte de lo que llega, y en el camino a Marte no filtra nada. Pero el problema del tiempo, el que los informes del propio programa daban por insalvable, tiene desde 1995 una respuesta medida.
Treinta y un años después, nadie ha batido la marca. El segundo de la lista es otro cosmonauta, Serguéi Avdéyev, con 379 días y 14 horas en la misma estación, entre 1998 y 1999; el tercero es el estadounidense Frank Rubio, con 371 días en la Estación Espacial Internacional, entre 2022 y 2023. Poliakov le saca cincuenta y ocho días al segundo y sesenta y seis al tercero.