Por capítulos · Once colegios y un horno de 1931 · Del catálogo de Margen
Zacarías ya ha hablado con siete de los once

Antes: el laboratorio midió 3,1 microgramos de benzopireno en la corteza de Celso Larrauri; la inspectora le dio 21 días y vuelve el jueves 28.
Diez.
Celso Larrauri, maestro panadero, cogió la tiza del canto de la pared, al lado del hueco de la leña, donde apunta las temperaturas de todas las hornadas de la semana. Debajo del 3,1 que había escrito el martes anterior puso una raya y, debajo de la raya, el número de colegios que le quedaban. Eran las cinco y veinte de la mañana del martes doce de marzo y el aviso había entrado por el teléfono fijo cinco minutos antes.
—Amalia Resano, jefa de cocina del Santa Bárbara —había dicho la voz—. Celso, que a partir del lunes no te pedimos.
—¿Por el informe?
—Por el informe.
—El informe dice veintiún días y una segunda inspección el veintiocho, Amalia. No dice que el pan esté malo.
—Yo sé lo que dice.
—¿Entonces?
—Entonces que a mí me lo contaron antes de que me lo contaras tú. Y eso, en una cocina de colegio, se paga.
Celso se quedó con el auricular en la mano más tiempo del necesario. En doce años sirviendo al Santa Bárbara, Amalia Resano le había devuelto dos hornadas: una en 2019, por sal, y otra el invierno pasado, por un retraso de hora y media con nieve en el puerto. Las dos veces había llamado ella a las siete, con el pan ya en la mesa, y las dos veces había dicho lo que le pasaba antes de colgar. A las cinco y cuarto no llama una cocinera con una queja: a las cinco y cuarto llama alguien que ha estado dando vueltas en la cama.
A las seis y veinte llegó Eulogio Satrústegui, amasador, que lleva treinta y tres años en la casa y no da conversación antes de las ocho. Volcó la masa en la artesa y mientras pesaba miró la pared, encontró el número nuevo debajo de la raya y siguió pesando.
—El Santa Bárbara —dijo, sin preguntar.
—El Santa Bárbara.
—Las ciento veinte piezas pequeñas.
—Puede ser.
—No puede ser. Es. —Eulogio cortó, dejó la rasqueta y se volvió, que es lo que hace dos veces al año—. Te lo dije delante del mármol: lo iba a notar en cuanto las cogiera. Y lo notó el mismo día. Lo que no sabíamos es que después iba a llegar un papel que le explicara por qué pesaban menos.
—El papel no habla del peso.
—El papel no, Celso. Pero ella sí ató las dos cosas, porque las tenía las dos.
A las seis y cincuenta bajó Izaskun Larrauri, veintinueve años, administrativa del obrador e hija de Celso, con el ordenador abierto como siempre. Se paró delante de la pared antes de decir nada.
—¿Cuántos niños?
—Ciento sesenta.
—Ochenta barras y ochenta panecillos al día. —Izaskun no miraba la pantalla; eso lo sabía de memoria—. Cuatrocientos euros a la semana. Mil seiscientos al mes.
—No es la nómina de nadie.
—No, aita, no es la nómina de nadie. Las nueve nóminas salen igual en marzo y salen igual en abril. —Izaskun giró la pantalla, aunque sabía que su padre no iba a leerla—. Es el margen. Con los once cerrábamos el mes y sobraba para la pieza de la solera. Con diez cerramos el mes y ya está. —Cerró el ordenador—. Y el lunes que viene no vuelve. Te lo dijo la inspectora con esas palabras: el otro proveedor no devuelve clientes.
Celso cogió las llaves de la furgoneta a las siete y cuarto, con el reparto de los diez cargado y las ochenta barras del Santa Bárbara cargadas también, porque hasta el lunes el pedido seguía en pie.
El Santa Bárbara es el colegio más pequeño de la mancomunidad y el único al que se entra por una cuesta de cemento que da a la puerta de la cocina. Amalia Resano estaba allí con la bata puesta y la persiana metálica a media altura, y no le dejó pasar del primer peldaño.
—Déjalas ahí, que ya las meto yo.
—Amalia, dime quién te lo contó.
—No.
—Llevamos doce años.
—Llevamos doce años y ayer el director me preguntó, delante de dos profesoras, si el pan de este colegio tiene un expediente abierto. —Se limpió las manos en la bata, aunque las tenía secas—. Yo no supe qué contestarle. Eso es lo que no me arreglas hoy ni me arreglas el veintiocho.
—Tiene un expediente abierto. Lo firmé yo el jueves. Habla de la corteza y de una ceniza, y dice que siga sirviendo a los once.
—Ya. Pues eso, dicho por ti el jueves por la tarde, valía. Dicho por otro el viernes por la mañana, no.
Celso cargó el carro vacío en la furgoneta. Antes de arrancar bajó la ventanilla.
—¿El otro empieza el lunes?
—El otro empieza el lunes.
Amalia contó las barras en la caja, como cada mañana, y firmó el albarán apoyándolo en la persiana. Ochenta. Luego pasó el dedo por la casilla de abajo, donde va el total de la semana, y se paró ahí.
—¿Te apunto el pedido del viernes?
—Apúntalo. El viernes es el último.
—El viernes es el último —dijo Celso.
Amalia arrancó la copia rosa y se la dio por el hueco de la persiana. Llevaba doce años dándole la copia rosa a las ocho menos cuarto, y aquella era la cuarta contando hacia atrás.
A las ocho y media aparcó en el San Jorge, el segundo más pequeño, donde entra por la cocina sin pasar por conserjería. Benigna Arellano, cocinera del centro desde antes de que Celso heredase el horno, estaba contando bandejas.
—Trae, que llegas tarde.
—Llego a la hora.
—Llegas a la hora y traes la cara de llegar tarde. ¿Qué pasa?
—El Santa Bárbara me ha dejado.
Benigna dejó la bandeja en el carro, se secó las manos en el delantal y le señaló el taburete de la esquina, que es donde manda sentarse a la gente a la que va a decir algo.
—Siéntate. ¿A ti te ha venido a ver un comercial?
—A mí no ha venido nadie.
—A mí sí. El viernes ocho, a las once de la mañana. Zacarías Urdiain, de Panificadora Duero. Treinta y pocos, muy amable, de los de carpeta y catálogo.
—¿Y qué quería?
—Lo que quieren todos. Que probáramos dos semanas sin compromiso. Le dije que teníamos proveedor y me dijo que lo sabía, que lo sabía perfectamente. Y luego me dejó esto.
Benigna se metió en el office, volvió con una carpeta de plástico azul y la dejó encima del taburete, al lado de la pierna de Celso.
Dentro había un catálogo de productos, una lista de precios por centro y, grapada por delante, una carta de media página con el membrete de la panificadora. Celso la leyó dos veces. En el segundo párrafo, escrito a máquina y con todas sus letras, estaba el número de su expediente.
—Benigna.
—Sigue leyendo.
—Está la fecha arriba. Viernes ocho de marzo.
—Está la fecha arriba —dijo ella—. Y por eso no la he tirado.
Celso dejó la carta en la rodilla y se quedó mirando la cocina, las bandejas, la olla grande, los veinte metros de azulejo blanco.
—Este número lo tengo yo en un papel desde el jueves siete. Me lo dio la inspectora cuando firmé el acta, ahí mismo, encima del mármol.
—¿Y en el boletín?
—En el boletín no sale hasta el veintiuno. Me lo dijo ella: las resoluciones se publican dos semanas después.
Celso se desabrochó el bolsillo del mandil y sacó su copia del acta, doblada en cuatro desde el jueves. La desdobló y la dejó encima del taburete, al lado de la carta, sin decir nada.
Benigna se secó las manos y se acercó a mirar las dos hojas.
—Jueves siete —leyó—. Y la tuya, viernes ocho.
—Viernes ocho.
—¿Esto lo tenía alguien más?
Celso marcó el obrador desde el taburete.
—Izaskun. El acta del jueves. ¿Quién la tiene, aparte de nosotros?
—Salud pública. Y el laboratorio, que es a quien le mandan la muestra con el número encima. —Un silencio con teclas detrás—. ¿Por qué?
—Porque la tiene también un comercial de Panificadora Duero. Desde el viernes.
Al otro lado se oyó la silla.
—Aita, del obrador no ha salido. La firmasteis dos personas y la copia la tengo yo en la carpeta de arriba.
—Lo sé.
—Entonces se la ha enseñado alguien de las otras dos puertas. Apúntalo, que el veintiocho te lo van a preguntar.
Benigna cogió otra bandeja y la cargó sin mirarlo, que es su manera de dar tiempo.
—Pues llama tú a las demás. Ahí tienes el taburete y ahí tienes el teléfono, y yo tengo doscientas comidas, así que hago como que no oigo.
Celso llamó por el orden de la pared.
La primera fue Jacinta Munárriz, cocinera del Hilarión Eslava, que contestó deprisa y contestó que no.
—Aquí no ha llamado nadie, Celso.
—Vale.
—Y si hubiera llamado alguien, tampoco te lo tendría que contar.
—Tampoco.
—Pues ya está. —Un silencio corto—. Oye. ¿Eso del expediente es verdad?
—Es verdad, y dice que siga sirviendo a los once hasta el veintiocho.
—Ah. —Otro silencio—. Eso no me lo contaron así.
La segunda fue Pura Belategui, cocinera del Monte Carmelo, que tardó en coger el teléfono y, cuando lo cogió, habló en voz baja.
—A mí me llamó el viernes por la tarde.
—¿Y qué le dijiste?
—Que no. Pero te voy a decir lo que pensé, Celso, y no me lo tengas en cuenta: pensé en cuánto me costaría cambiar. Porque si aquí se cae el pan al mediodía, el que da la cara en el comedor soy yo, no tú. Así que lo pensé y luego dije que no.
—Te lo agradezco.
—No me lo agradezcas. Dime qué pasa el veintiocho.
—El veintiocho viene la inspectora otra vez con el horno encendido, y le tengo que explicar de dónde sale la ceniza.
—¿Y lo sabes?
—Todavía no.
—Pues entérate antes del veintiocho, que yo tengo cuatrocientos niños.
La tercera fue Engracia Sarasibar, cocinera del Jesuitas desde dos directores atrás, y fue la que cerró la cuenta.
—Hombre, Celso. Sí, me llamó. El viernes.
—¿Te dijo algo del expediente?
—Me leyó un número. Y me dijo una cosa que me chocó, porque no venía a cuento.
—¿Qué cosa.
—Que a partir del lunes el pan del Santa Bárbara lo servían ellos. Y eso era el viernes, ¿eh. El viernes me lo dijo. Yo colgué pensando que ese hombre sabía más de tu pan que tú.
La cuarta fue Olvido Zarranz, jefa de cocina del Sagrado Corazón, el más grande de los once, y fue la única que le dio una cifra.
—Celso, te lo digo porque te lo tengo que decir. Ese hombre me puso un papel con el precio por niño y por día. Yo me lo quedé.
—¿Cuánto?
—Nueve céntimos menos que tú. Por niño y por día.
Celso hizo la cuenta en voz baja antes de contestar, y le salió lo que sabía que le iba a salir: con setecientos niños, nueve céntimos al día son sesenta y tres euros diarios y mil doscientos sesenta al mes solo en ese colegio.
—No puedo bajar nueve céntimos.
—No te he pedido que los bajes. Te he dicho que lo tengo encima de la mesa. —La mujer bajó la voz—. Y te he llamado yo al segundo tono, Celso, que llevo veinte años cogiéndote el teléfono al cuarto. Entiéndeme.
Cuando colgó, Celso se quedó un momento con el bolígrafo en la mano y luego volvió a marcar el obrador.
—Izaskun. Una cosa más. Búscame el teléfono de Paulino Garisoain.
—¿El hornero viejo?
—El que levantó la solera en el setenta y cuatro.
—Lo tengo que buscar en las fichas de papel, aita, eso no está en el ordenador. —Un silencio—. ¿Y para qué lo quieres?
—Para que venga a mirar el suelo del horno. Lo levantó él y nadie más lo ha tocado.
—El jueves entra la leña.
—Pues que venga el jueves, y que se quede a verla descargar.
Celso se guardó la carta en el bolsillo del mandil, con el acta, y escribió en el reverso, con el bolígrafo de Benigna, una columna con los once nombres, y fue poniendo una cruz al lado de cada uno. Las cinco cocinas que le faltaban las llamó de pie, en once minutos: dos le dijeron que sí, las otras tres que no. A las nueve y veinte tenía la cuenta hecha y la dijo en voz alta para no equivocarse.
—Seis de los diez que me quedan: el San Jorge, el Monte Carmelo, los Jesuitas, el Sagrado Corazón y dos más. Y el Santa Bárbara, que ya se fue. Siete de los once.
—Y cuatro que no —dijo Benigna.
—Cuatro que no. Todavía.
Benigna dejó por fin la bandeja y se sentó en el borde del carro, que es lo que no hace nunca a esa hora.
—La carta de Zacarías está fechada el viernes ocho. ¿Cuándo dices que sale el número en el boletín?
—El veintiuno.
—Pues lo tenía trece días antes, Celso. Y el viernes por la mañana, cuando a ti todavía no te había dejado nadie, ya iba diciendo por ahí que el Santa Bárbara era suyo.