
En 1997, los psicólogos Eldar Shafir y Amos Tversky y el economista Peter Diamond plantearon un dilema: Ana recibe una subida del 2% sin inflación; Berta, del 5% con inflación del 4%. En términos reales, Ana gana más. Aun así, la mayoría pensaba que Berta estaba más contenta… y que era menos probable que dimitiera.
Irving Fisher ya le había puesto nombre en 1928: la ilusión del dinero. Pensamos en euros nominales —el número de la nómina—, no en lo que compran.
La ilusión es cómoda para las empresas: en las encuestas de Kahneman, Knetsch y Thaler, bajar sueldos un 7% sin inflación parecía un escándalo, pero subirlos un 5% con inflación del 12%, aceptable. La pérdida real es la misma: un 7%.
Por eso una subida del 2% con inflación del 5% se celebra con cava, y una bajada del 1% saca a la gente a la calle. El número de tu nómina es solo un número. Lo que puedes comprar con él es tu sueldo de verdad.