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Relato · Del catálogo de Margen

La última hablante

Me mandaron a la montaña a grabar un idioma antes de que muriera con su última hablante. Ella tenía noventa y un años y no quedaba nadie en el mundo con quien conversar. Yo iba a por palabras. Volví con algo que ninguna grabadora sabe registrar.

Se llamaba Amaya y vivía sola en una casa de piedra al final de un camino que el asfalto nunca terminó de alcanzar. La universidad me daba tres semanas y una lista: quería el vocabulario, la gramática, las canciones si las había. Un idioma entero cabía, según ellos, en una tarjeta de memoria.

Los primeros días fueron de trabajo. Ella señalaba cosas y me daba su nombre en aquella lengua de sonidos redondos que no se parecía a nada. El fuego. La lluvia. El pan. Yo apuntaba, grababa, clasificaba. Iba llenando la tarjeta.

Hasta que una tarde le pedí la palabra para «soledad», y ella se quedó callada mucho rato, mirando el fuego.

—No la tenemos —dijo por fin, en el castellano trabajoso que usaba conmigo—. En mi lengua no existe esa palabra.

—¿Cómo dicen entonces cuando alguien está solo?

Sonrió con toda la cara arrugada.

—Decimos que está «esperando gente». —Buscó el sonido en su idioma y lo pronunció, largo y cálido—. No es lo mismo estar solo que estar esperando gente. La primera es una puerta cerrada. La segunda, una puerta abierta. Nosotros solo teníamos la segunda.

Apagué la grabadora. Entendí, de golpe, que llevaba tres semanas robándole las palabras a un idioma sin escuchar lo que el idioma pensaba. Porque una lengua no es una lista: es una manera de mirar el mundo. Y aquella miraba el mundo de una forma en que nadie estaba nunca del todo solo, solo momentáneamente sin compañía.

Las dos últimas semanas dejé de grabar vocabulario. Me sentaba con Amaya al fuego y aprendía a mirar como miraba ella. La montaña no era «un sitio peligroso»: en su lengua era «lo que nos sostiene». La vejez no era «el final»: era «la orilla ancha». La muerte no tenía una palabra de miedo; tenía una que significaba, más o menos, «volver a la conversación grande».

Amaya murió el invierno siguiente. Con ella se apagó, dicen, el último hablante de aquella lengua, y los periódicos lo contaron como una extinción, una más, un idioma menos en el mundo.

Pero yo aprendí sus palabras. No todas: las que importaban. Y ahora, cuando alguien me pregunta si no me da miedo vivir solo en esta ciudad enorme donde no conozco a nadie, le contesto que no. Que yo no estoy solo.

Estoy esperando gente. Es distinto. Me lo enseñó la última persona que sabía decirlo.