
Los conté por primera vez una noche de apagón, subiendo con el móvil por linterna: trece peldaños. A la mañana siguiente, bajando con prisa, me salieron doce. Pensé que había contado mal.
Desde entonces los cuento siempre. Subiendo, trece. Bajando, doce. Lo he comprobado con prisa y sin ella, descalzo y con botas, despacio como un topógrafo. La escalera de mi portal tiene un peldaño que solo existe hacia arriba.
Se lo comenté al del segundo, que es aparejador. Se rio con la boca pequeña y, ya cerrando su puerta: «Yo que tú no me pararía en él».
Anoche volví tarde y me paré. En el último, el que sobra. Era un poco más ancho que los demás, como un descansillo pensándoselo. Desde allí la luz del rellano era de otra hora, más amarilla, la de las bombillas de casa de mis abuelos. Olía, muy poco, a domingo por la tarde.
No pasó nada. Bajé un escalón y volvía a ser martes.
Ahora subo despacio. No por miedo: por si algún día el peldaño de más decide a dónde da.