Cada año, la Luna se aleja de la Tierra unos 3,8 centímetros: más o menos lo que crecen tus uñas.
Lo sabemos con una precisión asombrosa gracias a los espejos que dejaron las misiones Apolo sobre el polvo lunar. Desde hace medio siglo, los observatorios disparan rayos láser contra esos reflectores y cronometran el rebote: la distancia exacta, medida con luz.
La culpa es de las mareas. La Tierra, al girar, arrastra su abultamiento de agua un poco por delante de la Luna, y esa masa desplazada tira de ella como una correa, acelerándola y empujándola a una órbita cada vez más alta. A cambio, nuestros días se alargan poquísimo a poco: cuando los dinosaurios pisaban el planeta, el día duraba unas 23 horas.
Nada en el cielo está quieto. Ni siquiera la Luna de todas las canciones.
Fuente: NASA