
En la librería de viejo, la novela traía un marcapáginas de tela en la página doce. Clara lo dejó donde estaba y empezó por la primera.
A la mañana siguiente, el marcapáginas esperaba en la veinte. Ella iba por la nueve. Pensó que se le habría caído y que lo había recolocado mal. Esa noche lo dejó bien apretado entre las hojas. Al despertar estaba en la treinta y una.
Leyó toda la semana para alcanzarlo. Cada noche cerraba el libro un poco más cerca; cada mañana la tela había avanzado unas páginas, sin prisa, como quien pasea.
Lo alcanzó el sábado, en el último capítulo, y esperó con el dedo en la última línea. No pasó nada. El domingo, el marcapáginas amaneció otra vez en la página doce.
Entonces entendió, sin poder explicarlo, que no marcaba su lectura: marcaba la de otra persona. Alguien, en alguna parte, estaba releyendo.
Dejó el libro abierto en la mesilla y apagó la luz. Ahora leen así: ella de día, la otra de noche. Van casi al mismo paso.