
Llegas a casa con el salón a 14 grados y subes el termostato a 30 para que caliente rápido. No sirve de nada. Un termostato doméstico funciona como un interruptor, no como un acelerador: compara la temperatura que hay con la que le has pedido y solo decide dos cosas, encender o apagar. Tu caldera quema gas al mismo ritmo con 21 que con 30, así que la casa sube exactamente igual de rápido en los dos casos.
Lo que cambia es cuándo se para. A 21 el sistema corta al llegar a 21. A 30 sigue quemando media hora después de que ya estés cómodo, y esa media hora es la que aparece en la factura. El IDAE, el instituto público español de eficiencia energética, calcula en torno a un 7 % de gasto extra por cada grado de más y recomienda entre 19 y 21 grados en invierno.
Un matiz honesto: las bombas de calor y los aires acondicionados con tecnología inverter sí arrancan a más potencia cuanta más diferencia hay, o sea que ahí el truco funciona los primeros minutos. Después se pasan de largo y lo devuelven en consumo.
Haz esto en cuanto entres: pon el número al que quieres vivir, 20 o 21, y déjalo quieto. Si lo que quieres es encontrarte la casa caliente, no toques la temperatura: toca el reloj, y que el sistema arranque media hora antes de que abras la puerta.