
En algunos bosques húmedos, de noche, la madera podrida brilla con una luz verde tenue. No es un truco: es un fenómeno real llamado a veces fuego fatuo, y lo produce el hongo que descompone el tronco.
Se conocen decenas de especies de hongos capaces de emitir luz propia. Lo hacen con una reacción química parecida a la de las luciérnagas: una molécula que, al oxidarse, libera energía en forma de luz. El brillo es continuo, no parpadea, y sale sobre todo del micelio y de algunas setas.
Ya Aristóteles describió esa luz fría que salía de la madera muerta sin quemarla. Durante siglos fue un pequeño misterio de los bosques.
Hoy sabemos el porqué: el resplandor atrae insectos que, sin querer, se llevan las esporas encima. Un hongo que enciende una linterna para que otros repartan sus hijos.