
Entre 1969 y 1971, las misiones Apolo dejaron sobre la Luna varios paneles de espejos retrorreflectores. La idea era simple y brillante: disparar un láser desde la Tierra, cronometrar el rebote y calcular la distancia con una precisión de milímetros.
Medio siglo después, los observatorios siguen usándolos. Y la medición arroja un dato constante: la Luna se aleja de nosotros unos 3,8 centímetros cada año, más o menos lo que crecen tus uñas.
La culpa es de las mareas. La Luna tira de los océanos, esa masa de agua desplazada tira a su vez de la Luna y la va acelerando, empujándola a una órbita cada vez más alta. De propina, ese mismo tira y afloja frena la rotación de la Tierra: los días se alargan poquito a poco. En tiempos de los dinosaurios duraban menos de veinticuatro horas.