
En 1945, Percy Spencer, ingeniero de Raytheon, hacía pruebas con un magnetrón, el corazón de los radares militares. Al acercarse al aparato notó que la chocolatina que llevaba en el bolsillo se había derretido por completo. En vez de limpiarse y seguir, hizo lo que haría un buen ingeniero: trajo maíz, que estalló en palomitas, y un huevo, que le explotó en la cara a un compañero.
Raytheon patentó el sistema ese mismo año y en 1947 lanzó el primer horno de microondas comercial, el Radarange: medía casi dos metros, pesaba unos 340 kilos y costaba una fortuna. Nadie lo quería en casa.
Tardó décadas en encogerse y abaratarse hasta conquistar las cocinas. Spencer, que de niño dejó la escuela y aprendió electrónica por su cuenta, acabó con más de cien patentes. Y todo empezó con un bolsillo pegajoso.