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Relato · Del catálogo de Margen

Marisol paga la noria para mirarse el tejado

—Señora, son las siete y cuarto y yo a las ocho tengo que estar en la Casa de Cultura. Mueva el brazo, haga el favor, que desde abajo se ve.

—No lo muevo.

—¿Cómo que no lo mueve?

—Que no lo muevo. Si muevo el brazo, Remigio para de buscar la avería y nos baja a mano, y a mano tarda media hora larga porque hay que soltar las cabinas de dos en dos.

—Media hora larga es exactamente lo que yo no tengo.

—Media hora larga es exactamente lo que yo llevo esperando desde marzo.

—Perdone, no la entiendo.

—Ya lo sé. Y siéntese al fondo, que si se mueve esto cabecea y se le va a ir la caja.

—La caja no se me va. La caja la llevo yo con las dos manos y así la voy a llevar hasta abajo. Dentro hay una tarta de tres pisos para las bodas de oro de la Casa de Cultura. Cincuenta raciones. El glaseado lo puse a las seis de la mañana y todavía no ha agarrado del todo.

—Pues llame y diga que llega a las nueve.

—La cena es a las ocho y media y la tarta tiene que estar en la mesa antes de que se siente la gente. Si llega después, ya es un postre.

—Y yo llevo seis meses esperando a que alguien me suba a ver mi casa por arriba. Seis meses, y la noria viene una semana al año.

—…

—Ahora me va a decir que estoy loca.

—No he dicho nada.

—Lo ha pensado con la cara.

—Mire, con setenta y cuatro años uno piensa muchas cosas con la cara y casi todas son sobre la cadera. Cuénteme eso de la casa.

—Me llamo Marisol Chinchilla. Conduzco el autobús del colegio, la ruta de los caseríos, la de las siete menos cuarto.

—Eusebio Garrués. Confitero. Cerré la tienda en 2011 y me quedé con dos encargos al año, y este es uno.

—Vivo en la calle Hornos, en el número once. La calle tiene tres metros de ancha y la casa de al lado tiene dos plantas más que la mía. Desde la calle, de mi tejado no se ve nada. Nada de nada. Ni subido a un coche.

—¿Y desde la torre?

—La torre de la iglesia está cerrada desde el rayo. Y el campanario no mira a mi calle, mira al frontón, la pared de jugar a pelota.

—Entonces esta cabina.

—Esta cabina. Veintidós metros, dice Remigio. Es el punto más alto que ha tenido este pueblo desde que cerraron la torre, y está ahí abajo siete días y se lo lleva a Tudela.

—Señora Chinchilla.

—Marisol.

—Marisol. Yo voy a hacerle la pregunta tonta: ¿por qué no sube usted al tejado y se mira el tejado?

—Porque no tengo escalera de doce metros y porque la casa es de teja vieja y pisarla la rompe. Y porque, si subo yo, lo que vea lo he visto yo sola. Mañana me vuelven a decir que me equivoco.

—¿Quién se lo dice?

—El que me puso las placas. Lisandro Paús, comercial. Cuatro placas, seis mil cuatrocientos euros, contrato firmado el once de marzo. En el papel pone que me las montaron el dos de abril.

—¿Y no se las montaron?

—Eso es lo que no sé. Ese es el asunto entero.

—¿Cómo que no lo sabe? Yo cuando me ponen algo en casa lo miro.

—Míreme usted el tejado desde la calle Hornos y hablamos. Le llamé en mayo y me dijo que fuera a ver el contador, que ya estaba produciendo. Fui. El contador da números. Me manda cada mes un papelito con unos kilovatios.

—Pues entonces están puestas.

—Eso dice él. Y en junio le pedí fotos. Me mandó dos.

—¿Y?

—En las dos fotos la chimenea queda a la izquierda. La mía está a la derecha. Se lo dije. Me contestó que el móvil da la vuelta a las fotos.

—Hombre, eso es verdad. El móvil las da la vuelta.

—Ya ve. Usted también.

—Yo no he dicho que usted mienta. He dicho lo que diría cualquiera que no vive debajo de ese tejado.

—Eso lo dijo mi cuñado con otras palabras. Y mi hermana. Y la chica de la oficina, muy amable, me dijo que estuviera tranquila. Llevo desde junio siendo la señora que está tranquila.

—…

—Remigio, ¿falta mucho?

—¡Diez minutos!

—Lleva tres veces diciendo diez minutos.

—A usted le viene de maravilla.

—A mí me viene que se ponga nervioso y lo cierre. Baje la voz.

—Marisol, una cosa. Si usted ahora mira y están las cuatro placas ahí puestas, ¿qué ha ganado?

—Dormir.

—Vale.

—¿Le parece poco?

—Me parece caro. Cuatro euros y una noria.

—Cuatro euros con cincuenta. Y he venido tres días seguidos, que la primera vez no paró arriba y la segunda me tocó la cabina del otro lado.

—¿Y la tercera soy yo?

—La tercera es usted y una avería. No se lo tome a mal.

—No me lo tomo a mal. Me lo tomo mirando el reloj.

—…

—¿Se ve ya?

—Se ve la fuente de la plaza, la farmacia y el principio de mi calle. Mi casa queda justo detrás de aquel tejado de uralita, las planchas grises de fibrocemento. Si la cabina gira dos metros más, la tengo.

—Pues pídale a Remigio que la avería dure.

—No se ría.

—No me río. Me estoy acordando de una cosa y no me gusta. En 2019 me cambiaron la caldera y en la factura me pusieron doce metros de tubo de salida de humos por el tejado. Doce metros. Yo esa factura la pagué entera y no he subido a contarlos nunca.

—¿Y por qué no subió?

—Porque el hombre era de aquí, porque la caldera calienta y porque contar tubos en un tejado es de desconfiado. Esas tres razones, en ese orden.

—Las conozco.

—Ya lo sé. Yo soy el cuñado de esta historia, Marisol. A usted se lo acabo de decir con otras palabras hace cinco minutos.

—…

—Remigio, ¿esto se mueve o no se mueve?

—¡Dos minutos!

—Van cuatro veces.

—Déjelo. Oiga, Marisol: usted sale a las siete menos cuarto y vuelve a las nueve y media. ¿Cuándo ve su casa con luz?

—Los domingos.

—¿Y los domingos no mira?

—Los domingos miro desde la calle, que es desde donde no se ve nada. Seis meses llevo con el cuello torcido en mi propia acera, por si asomaba un canto.

—Eso no es de tonta, por si lo está pensando.

—Eso es de no tener doce metros de escalera.

—Así que ahora me va a hacer el favor de mirar bien, y yo me callo.

—Déjeme la caja en el suelo, que se la sujeto con el pie.

—La caja no se mueve de aquí. Pero antes de mirar dígame una cosa, y dígala en alto: ¿usted dónde las mandó poner?

—En la vertiente que da al frontón. La que se come el sol toda la tarde. Lo dije en marzo, en mi cocina, con el hombre sentado y el café delante, y lo repetí cuando firmé.

—La del frontón. Hecho. Ahora mire.

—…

—Se ha movido.

—Se ha movido y lo tengo. Lo tengo entero. El tejado entero.

—¿Y?

—Están.

—¿Las cuatro?

—Las cuatro. Una, dos, tres y cuatro, en fila, con sus perfiles y sus tornillos. Mejor puestas de lo que yo me las imaginaba.

—Pues respire.

—No.

—¿Cómo que no? Están puestas. Es lo que quería ver.

—Están en la otra vertiente.

—¿En la del río?

—En la del río. La que da al norte, Eusebio. Esa cara no ve el sol en todo el día más que un rato por la mañana en verano.

—Eso lo dice usted. Demuéstremelo.

—Porque el sol se está poniendo ahí, detrás de la cooperativa, y la sombra de la torre me está cayendo encima de la calle Hornos. La cara iluminada es la del frontón. Las placas están en la oscura.

—Déjeme mirar.

—Mire.

—…

—¿Las ve?

—Las veo. Cuatro, en la que no da el sol.

—Seis mil cuatrocientos euros. Cuarenta y nueve meses de letras.

—…

—Diga algo.

—Estoy pensando en mis doce metros de tubo.

—No es lo mismo.

—No, no es lo mismo: lo mío es un tubo y lo suyo es media hipoteca. Pero el mes que viene subo a contarlos, y eso me lo ha hecho usted desde una noria.

—Remigio, ¡ya puedes bajarnos!

—No.

—¿Cómo que no? Si usted tenía las ocho.

—Las ocho las tenía hace un rato. La tarta llega cuando llegue. No se baje todavía: cuénteme cuántas tejas hay entre la última placa y el canalón, que eso es lo que le van a preguntar.