Por capítulos · El ejemplar 215 · Del catálogo de Margen
Un lápiz corrigió el libro para añadir un nombre

Antes: Ainhoa Cortabarria verifica los libros que el Estado destruirá el día 30. El ejemplar 215 lo firmó su propio autor, Casimiro Lete, en 2036.
A las nueve y diez le quedaban 173 títulos por verificar y una caja del depósito externo encima de la mesa, atada con cuerda de embalar y rotulada TRAMULLAS 1974. Ainhoa cortó la cuerda con las tijeras de la oficina, porque el cúter estaba inventariado y no quería firmar otro papel.
Dentro había cuartillas mecanografiadas. Doscientas y pico: el original de «Oficios de invierno» tal y como salió de la imprenta de Huesca.
—Esto no debería estar aquí —dijo Otilia Bergua, catalogadora del fondo antiguo, treinta y un años en el puesto—. Los originales de imprenta se devolvían al autor.
—Pues alguien no lo devolvió.
Otilia se puso los guantes antes de tocarlas. Ainhoa no: llevaba tres semanas tocando libros que iban a acabar en una trituradora y había perdido la ceremonia.
La primera cuartilla tenía una anotación a lápiz en el margen, con la misma ele de anzuelo de las notas del ejemplar 215. Decía: «lo intenté por lo legal, 1998».
Entre la cuartilla ciento nueve y la ciento diez había una fotocopia doblada en cuatro. Era una carta de Casimiro Lete Arbués, con domicilio en Ayerbe, dirigida a la editorial y fechada el 3 de febrero de 1998. Pedía una cosa concreta: que en la siguiente reimpresión de «Oficios de invierno» constaran dos nombres en la portada y no uno.
La respuesta estaba escrita a bolígrafo en el mismo folio, debajo, sin encabezamiento ni firma legible: «Edición agotada desde 1981. No hay reimpresión prevista. No procede.»
Ainhoa la leyó dos veces y la dejó sobre la mesa.
—Por eso volvió —dijo.
—¿Por eso volvió el qué? —Otilia no levantó la vista de las cuartillas.
—El autor. En 2036 firmó la salida de su propio libro, se lo llevó, escribió tres notas a lápiz y lo devolvió a los once días. Yo llevaba tres días pensando que era un viejo repasándose. Estaba corrigiendo el único ejemplar donde todavía se podía corregir algo.
Lo dijo en voz alta para oírselo. Encajaba con las notas: «esto no lo escribí yo» en la página once, «tampoco» en la cuarenta, «poner nombre» en la ciento nueve. Las dos primeras eran una constatación. La tercera era una instrucción, y no se la escribía a sí mismo: se la escribía a quien lo encontrara.
—Treinta y ocho años entre la carta y el lápiz —dijo Otilia—. Es mucha paciencia para un hombre de ochenta y siete.
—O ninguna otra manera.
—Y a ti qué más te da —dijo Ainhoa—. Tú tienes cuatro mil doscientos títulos abajo y te dejan cuatrocientos.
Otilia dejó la cuartilla en la mesa, alineada con el borde.
—Me dejan cuatrocientos y los elijo yo. Llevo tres semanas eligiendo. —Puso la mano encima del montón del capítulo cuatro—. Cada vez que descarto uno, compruebo si hay otro ejemplar en algún sitio. Casi siempre lo hay. Un nombre que no está escrito en ninguna parte no tiene otro ejemplar.
Otilia había ido separando las cuartillas por capítulos, con una tira de papel entre grupo y grupo. Se detuvo en el cuarto montón y lo levantó contra la luz de la ventana.
—Ainhoa.
—Dime.
—Este taco no es de la misma máquina.
Se lo puso delante. Las cuartillas de los capítulos uno, dos y tres tenían la letra apretada y la erre partida por arriba, siempre igual, hoja tras hoja. Las del cuarto eran de otra máquina: los caracteres más redondos, la ce con una muesca, el papel de un gramaje distinto y el margen izquierdo dos centímetros más ancho. Veintidós cuartillas.
Debajo del montón, grapada, estaba la hoja de composición de la Imprenta Tramullas. Una tabla hecha a mano, de las de encargo: capítulo, número de cuartillas, fecha de entrega, quién la trae. Los capítulos uno, dos, tres, cinco, seis y siete llevaban el mismo nombre repetido en la última columna: Casimiro Lete.
El capítulo cuatro llevaba otra cosa. En la casilla de la fecha ponía 14-I-1974; en la de las cuartillas, 22; y en la de quién la trae, escrito por el mismo cajista y con la misma tinta, ponía: «original de tercera persona; no consta en portada».
Ainhoa apoyó los dos dedos encima de esa línea.
—Otilia. En la edición de 1974 falta quien escribió el capítulo cuatro.
—Falta el nombre —dijo Otilia—. Cincuenta y dos años faltando.
Se quitó un guante despacio y miró la tabla otra vez, como quien repasa una suma que ya ha repasado.
—Alguien que sabía que no iba a constar.
—Alguien con nombre —dijo Ainhoa—. ¿Quién entregó las veintidós cuartillas del capítulo cuatro?