
Pagué 24 euros por un ensayo de seiscientas páginas y llegué a la doscientas doce sabiendo desde la sesenta que aquello no me estaba dando nada. Seguí porque ya lo había pagado.
Eso tiene nombre desde 1985. Los psicólogos Hal Arkes y Catherine Blumer repartieron abonos de un teatro universitario con descuentos distintos, sorteados al azar: los que habían pagado el precio completo fueron a más funciones durante los meses siguientes, aunque las obras eran exactamente las mismas. El dinero gastado no vuelve, pero pesa.
Con los libros el coste de verdad no lo miden los 24 euros, lo miden las noches. Cuatro noches en aquel ensayo son cuatro noches que no le di a otro.
Ahora hago una cosa tonta y me funciona: cuando dudo, apunto la página y le doy cincuenta más. Si en la cincuenta y una sigo dudando, lo cierro y lo bajo a la estantería de abajo.