Idea · Del catálogo de Margen
Tu ojo salta ocho letras y por eso no ves tu errata

Relees el mensaje cinco veces antes de darle a enviar y la errata está en la segunda línea. Tiene una explicación física. Al leer, el ojo no se desliza por el renglón: da saltos de siete u ocho letras y solo ve nítido lo que cae justo en el centro, unas cuatro letras a cada lado. Lo demás lo rellena el cerebro con lo que espera encontrar, y en un texto tuyo eso es lo que querías escribir.
Los talleres de imprenta lo sabían antes que los laboratorios. En 1631 los impresores reales Robert Barker y Martin Lucas sacaron una edición de la Biblia a la que se le había caído un «no» en el séptimo mandamiento: mil ejemplares que ordenaban cometer adulterio. Les costó trescientas libras de multa —lo que ganaba un obrero en veinte años— y la licencia para imprimir. De ahí viene la regla del oficio: el que corrige no es el que escribe.
No vas a contratar a un corrector para un correo de tres líneas, pero puedes hacer lo único que hacen sus trucos: romper la familiaridad. Antes de enviar algo que importe, cambia el texto a otra tipografía y léelo de la última frase a la primera. Las frases pierden el sentido y el ojo se queda con las letras, que es donde está el fallo.