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Por capítulos · Los 212 votos de Cebrones · Del catálogo de Margen

Los nueve sobres llevan el mismo matasellos

Antes: Cebrones tiene 212 electores y la urna quedó empatada a 87. A las ocho y diez llegaron nueve sobres más, fuera de la lista.

A las nueve de la mañana del 29 quedaban 198 fichas del censo sin verificar y cinco días de plazo. Lorena Prieto Bada, secretaria-interventora del ayuntamiento, había dado por buenas las primeras catorce sin levantarse de la silla: los dos candidatos, los tres de la mesa, los dos interventores y los siete vecinos que habían firmado el libro de incidencias la noche anterior. Catorce personas con nombre, cara, hora y firma. Doscientas doce menos catorce, ciento noventa y ocho.

El auto de la jueza había llegado por correo electrónico a las ocho y cuarto, y era corto. Nieves Arbeloa, del juzgado de primera instancia de la cabecera de comarca, ordenaba tres cosas: que los nueve sobres de la segunda saca quedaran bajo custodia sin abrir, que la secretaria certificara, elector por elector, cuáles de los doscientos doce del censo constan como vecinos en el padrón de Cebrones, y que el expediente estuviera en el juzgado el 3 de diciembre, día en que ella firmaría la proclamación. Lo que la jueza le pedía no era depurar el censo —el censo electoral lo lleva la Oficina del Censo Electoral y el ayuntamiento solo le manda datos—, sino certificar la otra mitad de la comparación: quién consta en el padrón de Cebrones y quién no.

Los nueve sobres estaban en la caja fuerte del ayuntamiento, que es una caja de los años setenta empotrada en la pared de la oficina y que solo cierra si se le da un golpe con la rodilla. Lorena los sacó, los puso encima de la mesa de formica y los alineó en tres filas de tres, con las solapas hacia arriba y sin tocar el cierre de ninguno.

Casiano Nuez, maestro jubilado y presidente de la mesa, había venido a las nueve menos cinco porque no había dormido.

—¿Puedo mirar?

—Mirar sí. Tocar no.

Casiano se puso las gafas de leer y se inclinó sobre la primera fila con las manos en la espalda, como se miran los peces en una pescadería.

Lo primero que anotó Lorena no fue nada de los sobres, sino una cuenta. Le habían dejado en la bandeja el certificado del padrón que había pedido por teléfono la noche anterior, al salir de la escuela: Cebrones, 198 habitantes a 1 de enero, firmado por ella misma en marzo. Era el papel equivocado y lo sabía: el censo de esta convocatoria se cerró con el padrón de agosto, no con el de enero. Pidió la cifra de agosto antes de seguir. También eran ciento noventa y ocho. El mismo número que le quedaba por verificar aquella mañana, por pura casualidad, y lo apuntó al margen porque le hizo gracia y porque no significaba nada.

Lo que sí significaba algo era la otra resta. Doscientos doce electores en el censo. Ciento noventa y ocho vecinos en el padrón. Catorce nombres de diferencia. Lorena escribió los tres números en una hoja cuadriculada, uno debajo del otro, con la letra de imprenta que usa para las cifras, y rodeó el catorce.

Catorce eran también las fichas que había cerrado aquella mañana. Las dos cuentas se escriben igual y no tienen nada que ver: unas son vecinos a los que había puesto cara, hora y firma; los otros son nombres que el censo tiene de más.

—Casiano, ¿cuánta gente vive en Cebrones?

—La que ves. Ciento y pico.

—En el padrón hay ciento noventa y ocho. En el censo electoral hay doscientos doce.

Casiano se quedó un momento con la mirada en la mesa, haciendo la cuenta que ya estaba hecha.

—Catorce.

—Catorce.

—Eso no es un error de nadie —dijo él—. Eso es alguien que no se ha dado de baja.

Podía ser. Esa oficina trabaja con los datos que le manda el ayuntamiento, y si alguien se muda y no avisa, su nombre tarda en caerse de las listas. Lo que no explicaba la diferencia era por qué había catorce casos a la vez en un sitio donde todo el mundo sabe en qué casa duerme cada uno.

Lorena apartó esa hoja, la metió en una carpeta nueva y escribió en la pestaña: CENSO / PADRÓN. Después volvió a los sobres, que era lo urgente.

Un sobre de voto por correo trae por fuera el nombre del elector, su municipio y la mesa, y trae estampado el matasellos de la oficina donde se depositó, con la fecha. Eso se lee sin abrir nada. Lorena fue leyendo los nueve en voz alta mientras Casiano apuntaba en su cuaderno de maestro, el de las tapas de hule, porque dijo que así le quedaba a él una copia y que dos copias nunca han hecho daño a nadie.

Los nueve nombres eran de Cebrones. Los nueve estaban en el censo de los doscientos doce. Y ninguno de los nueve estaba en la lista de voto por correo de la mesa, la de los nueve que Casiano había leído la noche anterior y que ya estaban dentro de la urna.

—Dieciocho —dijo Casiano—. Dieciocho sobres de correo en un pueblo donde el año pasado hubo tres.

Lorena llamó a la oficina de Correos de la cabecera a las diez y veinte. Le cogió el teléfono Jacinta Bel, jefa de la oficina, que lleva veintitantos años en el mismo mostrador y que entendió la pregunta antes de que Lorena acabara de hacerla.

—El matasellos no dice de dónde es la persona. Dice dónde entró el envío.

—Entonces si yo tengo nueve sobres con el mismo matasellos…

—Entonces los nueve entraron por el mismo sitio. No tiene por qué ser el mismo día ni la misma mano, ojo. Pero el sitio es el sitio.

Jacinta le explicó también lo de las estafetas. Un sobre de voto por correo va obligatoriamente certificado, le dijo, y un certificado no se echa a un buzón: se entrega en un mostrador, y el mostrador le pone su fechador y le pega una etiqueta con número. En la comarca hay tres oficinas y cinco puntos de atención que abren dos mañanas por semana, y cada uno tiene su fechador. Con los números de las etiquetas, añadió, ella podía decirle el día y la hora de cada uno. Lorena apuntó los nombres de los tres y de los cinco puntos.

—Y otra cosa, que la gente confunde —dijo Jacinta—. El sobre y la solicitud son dos papeles distintos. El sobre llega a la mesa y lo tiene usted en la mano. La solicitud se presenta antes, y esa se queda en la Delegación del censo.

Era la primera vez que alguien le decía a Lorena en voz alta que había dos papeles y no uno. Lo apuntó con dos rayas debajo.

Entre las once y la una verificó once fichas, y así supo lo que le iba a costar la semana. Verificar una ficha no es mirar una pantalla: es coger el tomo del padrón, buscar la hoja de la vivienda, comprobar que el nombre y los dos apellidos coinciden con los del censo electoral letra por letra, y después llamar por teléfono para saber si esa persona sigue durmiendo en esa casa. Con Eulogia Herrero Carbajo, 79 años, calle del Pozo 14, tardó cuatro minutos: cogió el teléfono ella misma y dijo que estaba poniendo una lavadora. Con el siguiente, un chico de veintitrés que figura en casa de sus padres, tardó veinte: lo encontró en el tercer intento, en un turno de tarde en una fábrica de Miranda, y él mismo le dijo que vota en Cebrones porque allí sigue empadronado y porque le hace gracia votar donde fue al colegio.

Once fichas en dos horas, y en esas dos horas había atendido además a un candidato en la puerta. Le quedaban ciento ochenta y siete fichas, lo que restaba de aquel día y cuatro días enteros.

A las once y media, en mitad de esa cuenta, había aparecido Teodoro Sanz, dueño de la gravera del río y uno de los dos candidatos empatados, sin chaqueta esta vez y con el pelo mojado de la lluvia. No preguntó por el resultado. Preguntó por los nombres.

—No te los puedo dar —dijo Lorena.

—Son vecinos míos.

—Son nueve electores y el auto de la jueza dice custodia. Cuando haya expediente, lo verás como lo verá todo el mundo.

Teodoro miró la mesa de formica, las tres filas de tres, y se quedó quieto más tiempo del que hacía falta. Después pidió otra cosa.

—Pues ponlo en el expediente con mi nombre. Que conste que lo pregunté yo y que conste el día.

—Eso sí.

Se fue sin dar un portazo, que en Teodoro es mucho. Herminia Olmedo, veterinaria de la comarca y la otra candidata, llamó por teléfono a la una, cuando estaba acabando una cesárea en Quintana, y pidió exactamente lo contrario: que no se abriera nada, que se contara lo que estaba contado y que si había que sortear, se sorteara.

A la una y veinte llamó a la Delegación provincial del censo electoral. Le contestó una locución que daba una dirección de correo y avisaba de que las peticiones de documentación se atienden en un máximo de diez días hábiles. Lorena colgó, miró el calendario de pared del ayuntamiento —uno de una casa de piensos, con una vaca de medio cuerpo— y contó con el dedo lo que le quedaba hasta el 3 de diciembre. Aquel día y cuatro más. Diez son más que cinco en cualquier orden en que se pongan.

Escribió el correo igualmente, a las dos menos veinte, pidiendo copia de las solicitudes de voto por correo de Cebrones de esta convocatoria, y lo mandó con copia al juzgado para que quedara la hora.

A las dos menos cuarto Lorena se sentó otra vez delante de los nueve, con la oficina vacía de todo el mundo menos de Casiano. Cogió la lupa que hay en el cajón de los sellos, de las de leer actas antiguas, y fue mirando el cuño de uno en uno, apuntando en la hoja cuadriculada la fecha, el número de la etiqueta del certificado y el texto del círculo exterior.

El primero, el de Carnicero Vallejo, Hortensia: 27 de noviembre. El segundo, el de Quemada Fradejas, Eladio: 27 de noviembre. El tercero, el cuarto, el quinto. Los nueve con la misma fecha y el mismo cuño. Lorena sacó la hoja donde había apuntado lo que le dictó Jacinta —las tres oficinas y los cinco puntos de atención de la comarca— y fue tachando: la cabecera no, Quintana no, ninguno de los ocho. Ese nombre no estaba en la lista.

Lorena puso la lupa en la mesa y leyó el nombre del círculo en voz alta, porque Casiano se había quedado toda la mañana y seguía allí, con su cuaderno de hule abierto.

—Val de Sanz.

Casiano cerró el cuaderno con el dedo dentro, en la página.

—En Val de Sanz no hay pueblo, Lorena. En Val de Sanz hay una residencia de mayores, un bar que abre en verano y una docena de casas cerradas.