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Curiosidad · Del catálogo de Margen

Embarcaron 456 niños en Burdeos y nadie firmó la vuelta

En el muelle de Burdeos, a finales de mayo de 1937, 456 niños españoles subieron por la pasarela del Mexique, un transatlántico francés de línea regular, con una etiqueta de cartón colgada del abrigo y un número escrito en ella. Las listas que se conservan bailan entre 455 y 463 nombres, según los que se añadieron a última hora. Los había de cuatro años y los había de dieciséis, y casi ninguno viajaba con un hermano mayor capaz de leer el billete entero.

La iniciativa fue mexicana. El gobierno de Lázaro Cárdenas —presidente de México entre 1934 y 1940— había decidido sostener a la República española hasta el final, y lo hizo con una obstinación que duró cuarenta años: México no reconoció al gobierno de Franco mientras Franco vivió, y no restableció relaciones con España hasta marzo de 1977, dieciséis meses después de su muerte. En 1937, ese apoyo tomó la forma más concreta posible. El Comité de Ayuda a los Niños del Pueblo Español, presidido por Amalia Solórzano, esposa de Cárdenas, ofreció traerse a un grupo de hijos de combatientes y de familias evacuadas, darles escuela y devolverlos cuando acabara la guerra.

Los niños salieron de Madrid, de Valencia, de Barcelona, de Bilbao, con el puerto de Bilbao a punto de caer. Viajaron primero en tren hasta la frontera francesa y de ahí a Burdeos. El 7 de junio de 1937, el Mexique atracó en Veracruz y bajaron por la misma pasarela con la etiqueta puesta. Los esperaba una banda de música, una multitud y discursos. Los periódicos mexicanos publicaron sus caras en portada. Hubo un tren especial hasta Ciudad de México, besos de señoras que no eran sus madres y una recepción oficial.

Y luego los subieron a otro tren, trescientos kilómetros al oeste, hasta Morelia, la capital del estado de Michoacán, que era el estado de Cárdenas. Allí se había habilitado para los chicos un edificio grande con patios y talleres, y se le puso un nombre que lo explicaba todo: Escuela Industrial España-México. Las chicas quedaron en un internado aparte de la misma ciudad. Aula por la mañana y taller por la tarde: imprenta, carpintería, mecánica, corte y confección. La idea era que aprendieran un oficio mientras llegaba la paz.

Los primeros meses fueron casi buenos. La escuela era industrial, es decir, estaba pensada para aprendices de doce años en adelante, y de pronto tenía dentro a críos de cuatro y de cinco que necesitaban que alguien les abrochara el abrigo. Las chicas mayores, las de quince y dieciséis, se convirtieron en las cuidadoras de hecho de los pequeños, sin que nadie se lo pidiera por escrito ni se lo pagara. La comida tampoco era la que esperaban: el pan dio paso a la tortilla de maíz, y en las cartas que escribían a casa aparecen más quejas sobre el maíz que sobre la nostalgia. Escribían mucho, porque la escuela les daba papel y sello, y porque todos daban por hecho que aquello se arreglaba antes de Navidad. Las noticias de la guerra llegaban en periódicos mexicanos con semanas de retraso, y a los pequeños se las contaban en voz alta en el comedor, resumidas. Varios conservaron la etiqueta de cartón con su número durante décadas: era el único documento que probaba quiénes eran y de dónde habían salido.

Los padres habían firmado una autorización, y esa autorización era temporal: entregaban al hijo por el tiempo que durase la guerra. El comité mexicano se comprometía a mantenerlos y educarlos. Pero no existía ningún tratado entre los dos estados que regulara la devolución, ni una cláusula de retorno con plazos, ni un fondo reservado para pagar los pasajes de vuelta, ni una autoridad encargada de reclamarlos. El acuerdo entero descansaba sobre una premisa que en junio de 1937 todavía parecía razonable: que la República iba a ganar y que el remitente seguiría ahí para recibir el paquete.

El 1 de abril de 1939 ganó el otro bando. El estado que había enviado a esos niños dejó de existir. El comité de Morelia se quedó custodiando a 456 menores sin contraparte: no había gobierno español que los reclamara —el nuevo no iba a tratar con un comité que consideraba enemigo— y las familias que los habían entregado estaban rotas en pedazos. Padres en la cárcel, padres muertos en el frente, padres cruzando los Pirineos hacia los campos de Argelès y Saint-Cyprien, madres que habían cambiado tres veces de domicilio y de apellido de conveniencia. Muchas cartas salieron de Morelia y no encontraron a nadie en la dirección escrita. Otras encontraron a alguien que no podía pagar un pasaje transatlántico, y en 1939 un pasaje transatlántico costaba varios meses de jornal.

El presupuesto de la escuela dependía de donaciones y de partidas que se fueron estrechando, sobre todo cuando Cárdenas dejó la presidencia en 1940. La dirección cambió de manos varias veces en pocos años, y con cada cambio se movían las normas, los horarios y el trato. Hubo denuncias de disciplina dura y de descuido. Hubo fugas: chavales de catorce y quince años que saltaron la verja y se fueron a buscar trabajo a Ciudad de México o al norte. Y hubo prensa mexicana que en los años cuarenta convirtió el asunto en escándalo y escribió sobre «los niños salvajes de Morelia», una etiqueta que algunos arrastraron durante años al pedir empleo. El internado se fue vaciando por aritmética además de por abandono: un niño que llegó con siete años en 1937 cumplía quince en 1945, y a los quince un aprendiz de taller salía a trabajar. Los que quedaban hasta el final salieron de allí siendo ya adultos jóvenes, con un oficio en las manos y sin casa a la que volver.

Unos pocos regresaron a España en los años siguientes, cuando una tía o un padre superviviente consiguió el dinero y los papeles. Otros se reencontraron con sus padres sin moverse de México, porque México acabó recibiendo a decenas de miles de republicanos españoles en los años cuarenta y en ese flujo llegaron algunas de las familias que faltaban. Otros no encontraron a nadie nunca y se quedaron, se casaron en Michoacán o en el Distrito Federal, trabajaron de mecánicos, de maestros, de impresores, de contables, y criaron hijos mexicanos que hablaban con acento mexicano y oían en casa palabras de Bilbao.

Varios se nacionalizaron mexicanos porque era el camino más corto y también el único: un menor que había salido de España con una autorización de 1937 firmada por un padre ilocalizable desde 1939 no tenía manera de demostrar quién era ante dos burocracias que se negaban a hablarse, y en México no había consulado español que les sirviera. Y los que sí lograron el pasaje hacia España en los años cuarenta y cincuenta llegaron a un país donde su propio expediente, el de haber sido enviados por el comité de una república derrotada, era un antecedente que convenía no mencionar al buscar trabajo.

Se llamaron, durante sesenta años y en sus propias reuniones, los niños de Morelia. Nunca cambiaron el sustantivo, aunque tuvieran setenta años y nietos. Uno de ellos, Emeterio Payá Valera, escribió el libro que mejor cuenta aquello desde dentro, sin heroísmo y sin rencor administrativo. La historiadora Dolores Pla Brugat, del Instituto Nacional de Antropología e Historia de México, reconstruyó después el expediente completo: las listas, los presupuestos, las actas del comité, los informes de la escuela, las cartas devueltas.

En los papeles del comité, el grupo de 1937 aparece descrito como la primera expedición. Estaba previsto que hubiera más: se hablaba de traer a varios miles de niños en tandas sucesivas, y Morelia era solo la primera escuela de una red. El Mexique repitió la travesía de Burdeos a Veracruz en el verano de 1939, esta vez con unos dos mil republicanos adultos, y a ese barco sí lo siguieron otros. De niños no hubo segunda expedición, y la palabra «primera» se quedó impresa en los documentos durante ochenta y nueve años sin que nada viniera detrás.