
«Duende» empezó siendo la contracción de «duen de casa», es decir, «dueño de la casa»: el espíritu travieso que habitaba los hogares y al que convenía tener contento. Con los siglos, el fantasmilla doméstico se hizo pequeño, se puso gorro y se mudó al mundo de los cuentos.
Pero en Andalucía la palabra tomó otro camino: el duende pasó a nombrar ese algo inexplicable que tiene un cantaor o una bailaora cuando lo que hace deja de ser técnica y se convierte en escalofrío. García Lorca le dedicó una conferencia entera en 1933, convencido de que aquello no se podía explicar, solo reconocer.
Hoy «duende» figura en todas las listas de palabras intraducibles: el inglés la toma prestada tal cual cuando habla de flamenco, porque «charm» o «soul» se quedan cortas.
No está mal para un fantasma casero: empezó escondido detrás de los muebles y acabó de embajador de la lengua.