Curiosidad · Del catálogo de Margen
Canadá y Dinamarca se dejaron licor 38 años en una isla

Tom Høyem, ministro danés para Groenlandia, aterrizó en helicóptero en 1984 sobre un peñasco del estrecho de Nares, el canal helado entre Canadá y Groenlandia. Plantó una bandera, dejó una botella de aguardiente y una nota: «Bienvenidos a la isla danesa». Ahí arrancó una disputa de treinta y ocho años a base de banderas y botellas sobre 1,3 kilómetros cuadrados de roca.
La isla se llama Hans —Tartupaluk en groenlandés— y cabe dentro de un aeropuerto mediano. No tiene agua dulce, ni un árbol, ni un habitante. En 1973, cuando Canadá y Dinamarca firmaron su frontera marítima, los negociadores trazaron la línea hasta la orilla, la interrumpieron 875 metros y la retomaron al otro lado. Se dejaron la isla sin repartir.
Desde entonces, cada expedición que subía retiraba la bandera del vecino, plantaba la suya y dejaba una botella. Los daneses llevaban aguardiente; los canadienses, whisky. La prensa lo llamó «la guerra del whisky»: ni un disparo, ni un herido, ni un solo tribunal. Lo más grave fue en 2005: el ministro de Defensa canadiense, Bill Graham, desembarcó de visita y Copenhague mandó una nota de protesta.
El 14 de junio de 2022, Mélanie Joly y Jeppe Kofod, ministros de Exteriores de Canadá y Dinamarca, firmaron en Ottawa el reparto: la isla se corta casi por la mitad siguiendo una grieta natural. Canadá, que hasta ese día solo tenía frontera terrestre con Estados Unidos, estrenó la segunda de su historia.