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Por capítulos · Doce dias de gasoleo · Del catálogo de Margen

Aitor abre el leñero y hay un hombre dentro

Antes: un alud dejó incomunicado el refugio de Iratxeta con ocho personas dentro. El libro de firmas tiene nueve nombres.

El tercer día amaneció con gasóleo para diez días. Idoia Bergara, guarda del refugio y enfermera de urgencias hasta 2019, bajó los ocho escalones que separan el comedor del leñero con la lámpara de batería en una mano y el manojo de llaves en la otra, aunque el leñero no se cierra nunca: las llaves son del cuarto del generador, y no las suelta.

Detrás iban Ramiro Bouzas, montañero y carpintero de ribera, con una pala de nieve y una maza, y Aitor Sein, diecisiete años, en prácticas de guarda esa temporada. Los demás se quedaron arriba porque Idoia lo mandó así: ocho personas apretadas en una escalera no ayudan a nadie.

El leñero de Iratxeta es una habitación baja, de tres metros por cuatro, excavada en la ladera y cubierta con la misma losa que el resto del edificio. Tiene dos accesos. Uno es la escalera interior, que empieza en el comedor y termina en una puerta de tablas que se abre hacia dentro. El otro es la portezuela de poniente, una trampilla de un metro escaso por la que se mete la leña desde fuera sin tener que entrar en el refugio. Es uno de los dos huecos que se abren por su cuenta desde fuera; el otro es el almacén de material.

Txomin Elordi, sesenta y dos años, pastor, que sube el correo del club a Iratxeta desde 1994, se había asomado a la escalera antes de que bajaran.

—El alud bajó de arriba y barrió la fachada norte y todo el poniente alto —dijo—. Pero la portezuela está abajo del todo, debajo del espolón. Ahí la nieve pasa por encima y no carga.

—¿Se puede abrir desde fuera con esta nieve?

—Si sabes dónde está, sí, con las manos. Y hay que saberlo, porque desde el sendero no se ve: hay que rodear el edificio por debajo, pegado a la piedra.

Idoia anotó eso en la libreta de tapas rojas antes de bajar, porque las cosas que sabe Txomin se apuntan igual que las que marca un aparato.

La puerta de tablas no se abrió. Idoia empujó, empujó otra vez con el hombro y la hoja cedió dos dedos y se paró.

—Está trabada desde dentro —dijo Ramiro.

—No tiene cerrojo por dentro —contestó Idoia—. Tiene leña.

Lo comprobaron metiendo la lámpara por la rendija. Detrás de la puerta había un montón de troncos derrumbados, los de la pila del fondo, que se habían venido abajo con el golpe del alud y habían quedado apoyados contra las tablas. Ramiro fue tirando de los que alcanzaba con la mano, uno a uno, pasándoselos a Aitor, que los apilaba en el rellano. Tardaron catorce minutos en abrir un paso de medio metro.

Aitor entró primero porque era el que cabía. Idoia se lo pensó dos segundos antes de dejarle, y esos dos segundos se los dijo en voz alta, que es como se dicen las cosas en un refugio:

—Entras, miras y sales. No tocas nada. Si hay algo, me llamas a mí.

El chico se metió de lado, con la lámpara por delante. Idoia oyó sus botas sobre la madera, oyó que se detenía, oyó que no decía nada durante unos segundos largos, y luego oyó su voz, que le salió más aguda de lo que él habría querido.

—Idoia. Hay un hombre.

Estaba en el rincón de poniente, debajo de la trampilla, sentado sobre los haces de leña menuda y tapado hasta el cuello con dos sacos de arpillera de los que se usan para bajar ceniza. Tenía la cabeza caída hacia el hombro derecho. No se movió cuando le dio la luz en la cara.

Lo primero que vio Idoia, antes que la cara, fue cómo estaba colocado. No se había desplomado: se había sentado, se había puesto los haces debajo para no tocar la piedra del suelo, se había echado los sacos por encima empezando por los pies y se había metido las manos en las axilas. Eso lo hace quien sabe lo que le está pasando. Quien se desmaya de frío cae de lado y se queda como cae.

El pelo, blanco y corto, le brillaba de escarcha en las puntas. Las botas, de suela cosida y por lo menos quince años de uso, estaban bien atadas. Llevaba una barba de dos o tres días. En la mano derecha, colgando abierta fuera del saco, tenía un guante solo.

Idoia se metió el manojo en el bolsillo, entró apartando la leña con el antebrazo y se arrodilló. Lo primero que hizo fue lo que hace un enfermero de urgencias antes que nada: mirar si respiraba. Le puso el dorso de la mano delante de la boca y contó. Respiraba. Muy despacio, pero respiraba.

—Ramiro, sube y dile a Lena que baje. Que traiga el botiquín entero y el termómetro rectal, el grande, el que está en la caja verde. —Se sacó el manojo del bolsillo y se lo dio por el hueco de la puerta—. Y abre tú el cuarto del generador y que lo encienda Txomin.

—¿Ahora? —dijo Ramiro desde el otro lado de la puerta—. Son las ocho y cuarto. El primer turno es a las nueve.

—Ahora.

Ramiro subió. Idoia no le explicó nada más, y no porque no tuviera tiempo: se lo explicó a sí misma mientras le buscaba el pulso en el cuello, con dos dedos y contando sesenta segundos enteros, que es lo que hay que contar cuando alguien está muy frío, porque un corazón frío late tan lento que a los quince segundos te crees que no late. Le salieron treinta y ocho latidos por minuto.

Lena Bouzas, cuarenta y un años, montañera y anestesista, hermana de Ramiro, bajó con el botiquín en dos viajes. Entró, miró y no preguntó nada de lo que ya se veía.

—Está helado —dijo—. ¿Cuánto tiempo puede llevar aquí?

—Desde antes del alud, como poco. Dos días.

—Entonces no lo movemos de golpe.

Las dos sabían por qué. Un cuerpo muy frío tiene el corazón irritable: un tirón, una sacudida, ponerlo de pie, y arranca una arritmia que no se para. Un rescate de montaña se hace despacio con un hipotérmico o no se hace. Lo sacaron del rincón entre las dos, horizontal, sujetándole la cabeza y las piernas a la vez, y lo tumbaron sobre dos mantas en el suelo de la escalera, que era lo más plano que había.

Le cortaron la ropa con las tijeras del botiquín en lugar de quitársela, porque levantar un brazo helado por la manga es exactamente el tirón que no se puede dar. Estaba mojado hasta la camiseta. Debajo llevaba un forro polar viejo, de los que la Federación repartía hace quince años, y unos pantalones de trabajo con las rodillas gastadas.

Lena puso el termómetro. Treinta grados con dos décimas.

—Moderada —dijo—. Por debajo de treinta y dos. Ni bebida caliente ni nada por la boca hasta que esté despierto y trague bien.

—Lo envolvemos y lo subimos al comedor —dijo Idoia—. Aquí abajo no hay forma de calentar nada.

Lo empaquetaron como se empaqueta a un hipotérmico: manta térmica pegada a la piel, dos mantas de lana encima, un saco de dormir abierto por fuera y un gorro, porque la cabeza es lo único que no se puede aislar con capas.

Subirlo fue lo más difícil de la mañana. Ocho escalones de piedra, de huella corta y muy gastada, con una curva arriba donde la escalera gira para entrar al comedor. Lo llevaron entre cuatro sobre dos mantas dobladas, Idoia en la cabeza, Lena y Ramiro en el tronco y Aitor en los pies, y con una regla que Idoia dijo dos veces: el cuerpo va horizontal, y si alguien pierde el agarre, se avisa y se para, no se corrige tirando. Tardaron casi cinco minutos en ocho escalones y pararon una vez, en la curva, sin que nadie dijera nada, porque a Aitor le patinó una bota.

Arriba, Txomin ya había arrancado el generador. El comedor empezaba a perder el frío de la noche. Mercedes Arriaga, cincuenta y cinco años, jueza de paz jubilada, había apartado la mesa larga y puesto dos bancos juntos junto a la estufa. Fani Quiroga, geóloga, veintiocho años, subió agua y la puso a calentar sin que nadie se lo pidiera. Casimiro Lete, setenta y uno, socio del club, se quedó de pie, apoyado en el quicio, mirando.

Idoia hizo la cuenta que llevaba haciendo desde la escalera y la dijo delante de todos, porque el gasóleo era de todos.

—Vamos a encender dos horas más de las cuatro de hoy. Esas dos horas no las saco del final: las saco de mañana y de pasado, una hora menos de tarde cada día. Lo digo para que lo sepáis, no para que lo votéis.

Nadie dijo nada. Ramiro, que dos días antes había querido bajar por el corredor de Larrondo a cualquier precio, fue el que acercó el banco a la estufa.

Mercedes sí hizo una pregunta, y la hizo como quien levanta acta:

—¿Y si mañana hay que volver a encenderlo dos horas? —preguntó Mercedes.

—Entonces esas ya salen del final. Medio día cada vez.

—¿Y hoy en cuántos días estamos?

—En diez —dijo Idoia—. Hoy sigue siendo diez.

Mercedes asintió y lo apuntó en la contraportada del libro de firmas, que era el único papel que quedaba a mano, con la fecha delante y las dos horas debajo.

Lo que hicieron durante la hora siguiente fue poco y despacio, que es lo que hay que hacer. Fani Quiroga puso bolsas de agua templada —templada, no caliente— en el cuello, en las axilas y en las ingles, que son los tres sitios donde la sangre pasa cerca de la piel. Lena le tomaba la temperatura cada quince minutos y la iba cantando, y Aitor la escribía en una hoja con la hora al lado, porque una cifra sola no dice nada y dos seguidas dicen si sube o baja. Treinta con dos. Treinta con tres. Treinta con tres otra vez. Treinta con cinco.

—Sube dos décimas cada media hora —dijo Lena—. Es lo normal recalentando de fuera adentro. Con esto no hay prisa que valga.

A las nueve y cuarenta, el hombre abrió los ojos. No dijo nada y no parecía saber dónde estaba. A las diez y diez volvió a abrirlos y siguió con la mirada a Lena, que es el primer signo de verdad de que alguien está volviendo. A las diez y media tiritaba, y tiritar, en un hipotérmico, es una buena noticia: significa que el cuerpo ha vuelto a encender la calefacción por su cuenta.

Fue entonces cuando Casimiro se separó del quicio y se acercó a mirarlo de cerca, con las manos en la espalda, sin tocarlo.

Mientras tanto, Aitor había vuelto a bajar al leñero con la lámpara a recoger lo que quedaba en el rincón de poniente. Subió con tres cosas y las dejó en la mesa larga, alineadas, como le habían enseñado que se hace con lo que se encuentra.

Una mochila de treinta litros, vieja, con una correa cosida a mano. Un frontal apagado, sin pilas dentro: las pilas estaban aparte, en un bolsillo, envueltas en papel, que es lo que hace la gente que sabe que las pilas se mueren de frío.

Y dentro de la mochila, lo que hizo que Idoia se quedara mirándola más tiempo del que hacía falta: ni comida, ni saco, ni ropa de repuesto. Media botella de agua. Un rollo de chapa fina de aluminio, de la que se usa para forrar un tubo de humos. Una tijera de cortar chapa. Y dos bridas de acero, nuevas, todavía con la etiqueta del precio pegada.

Ramiro cogió el rollo, lo desenrolló un palmo y lo volvió a enrollar.

—Esto es chapa de forro de conducto —dijo—. Se compra por metros en cualquier almacén. Y las bridas son de sujeción de tubo, de las de apretar con llave.

—¿Para qué tubo? —preguntó Aitor.

—Para el que sea. Aquí arriba solo hay uno.

Idoia no contestó. Quien había subido a Iratxeta antes del amanecer del día del alud, con aquel tiempo y por un camino que no se ve desde el sendero, no había subido a dormir. Había subido a arreglar algo y pensaba bajar el mismo día.

Mercedes cogió el libro de firmas del atril y lo abrió por la página de la víspera del alud. Puso el dedo en la séptima línea, la de las 06:40, la del trazo apretado y hacia atrás. Después miró al hombre que tiritaba en el banco, con el gorro puesto y la manta térmica asomando por el cuello.

Idoia se agachó a su altura y probó lo que hay que probar antes que nada, que es si alguien sabe quién es.

—¿Me oye? ¿Cómo se llama?

El hombre movió los labios. Salió aire y no salió ninguna palabra. Lo intentó otra vez y la segunda tampoco. Tenía la mandíbula agarrotada de tiritar, que es lo que pasa a esa temperatura y no quiere decir nada malo: hablar es de las últimas cosas que vuelven.

—Déjalo —dijo Lena—. Tardará un par de horas en poder contestarte.

—Ya sabemos dónde estaba —dijo Mercedes, con el libro todavía abierto—. Ahora habría que saber quién es.

Casimiro Lete llevaba diez minutos sin decir una palabra. Ha subido a Iratxeta treinta inviernos y conoce a todos los guardas que ha tenido la casa desde que hay guardas. Se agachó un poco más, le miró la ceja izquierda, partida por una cicatriz vieja, y se enderezó.

—No hace falta el libro —dijo—. Ese es Sabino Amantegui. Tiene sesenta y seis años y fue el guarda de este refugio hasta 2022.