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Por capítulos · El ejemplar 215 · Del catálogo de Margen

Las notas a lápiz llevan fecha de hace dos años

Antes: Ainhoa, restauradora en Huesca, llevó a Sabiñánigo un libro que consta destruido. Allí las actas se firman por peso, no por títulos.

Doscientos cinco. Ainhoa Cortabarria, restauradora de la Biblioteca Provincial de Huesca, se ha rehecho el número en el dorso de la mano con rotulador nuevo, más grande que ayer, y ha vuelto al carro tres a las ocho y cuarto. Nueve títulos verificados antes de las diez. Va bien de ritmo y no está pensando en ninguno de ellos.

Está pensando en el 215, que sigue envuelto en papel de seda dentro del bolso, debajo de la mesa, porque no se atreve a dejarlo en la balda de incidencias.

A media mañana sube a catalogación con la pregunta que se ha hecho en la N-330, a la vuelta: si nadie sacó nunca ese libro, ¿quién lo corrigió a lápiz en 2036?

Miren Zaldúa, catalogadora de la casa desde hace treinta y un años, tiene dos pantallas, una taza con el escudo de la Diputación y la costumbre de escuchar las preguntas enteras antes de contestar.

—El préstamo lo tienes en dos sitios —dice—. Y los dos se miran en cinco minutos.

El primero es el sistema. La biblioteca migró a fichero electrónico en 1998, y desde entonces cada salida deja un registro con fecha, código de lector y devolución. Miren teclea la signatura del 215. La pantalla contesta con una tabla de cuatro columnas y ninguna fila.

—Cero —dice Ainhoa.

—Cero desde el noventa y ocho.

El segundo sitio es de papel. Miren coge el tomo con las dos manos, lo abre por la contratapa y despega con la uña la esquina de un sobre de cartulina pegado ahí desde que se encuadernó. Dentro hay una hoja rectangular con casillas para sellos de tinta. Está sellada nueve veces. La última dice 14 de mayo de 1996.

—Hasta el noventa y seis lo sacó gente —dice Miren—. Nueve veces en veintidós años, que para un libro de regadío no está nada mal. Y luego se acabó.

Ainhoa mira los nueve sellos. Están apretados entre 1974 y 1983, uno detrás de otro, y después hay un salto de trece años hasta el último. Miren se lo explica sin darle importancia: el canal de la Hoya se terminó en el ochenta y dos, y con el canal terminado se acabaron los ingenieros que venían a leer cómo se regaba antes.

—Y luego se acabó.

Ainhoa hace la cuenta en voz alta, para oírla: cuarenta y dos años en los que ese ejemplar no ha salido por la puerta.

Miren la corrige, y la corrección es peor.

—No ha salido y tampoco lo ha consultado nadie. Eso es otro fichero.

Le enseña el tercero. Los fondos del depósito cerrado no se prestan: se consultan en la sala de investigadores, y para eso hay que rellenar una papeleta con el nombre, el número de carné y la signatura. Las papeletas se guardan todas. Desde 2011 se escanean.

Miren filtra por signatura. La pantalla tarda unos segundos, porque son casi doscientas mil papeletas, y vuelve a contestar con una tabla vacía.

—El 215 entró en depósito cerrado en 1998, cuando se hizo la reserva de fondo local —dice—. Desde ese día no ha estado encima de una mesa de esta casa. Ni una vez.

—¿Y quién baja al depósito?

—Personal de la casa, con llave y con parte de trabajo. —Miren levanta las dos manos, como quien devuelve un paquete que no ha pedido—. Pero eso ya no es mi fichero. El depósito lo lleva sala. Y sala es Fabián.

Ainhoa vuelve a la página 148. La letra pequeña y muy inclinada, el trazo del grafito limpio, sin roce, y la fecha pegada al corte: 12-XI-2036. Alguien tuvo este libro delante durante horas, tachando palabras y escribiendo encima, dos años antes de esta mañana.

Y no fue aquí.

La puerta se abre sin que nadie llame. Fabián Oyarzun, jefe de sala y responsable del expurgo, entra con un listado grapado y no se sienta.

—Doscientos cinco —dice—. Te quedan doscientos cinco y el 30 tienes los camiones abajo. Ayer verificaste doce. Hoy llevas nueve.

—Hoy llevo nueve porque he subido aquí.

—Ya sé que has subido aquí. —Deja el listado encima del teclado de Miren—. El acta de salida del lote la firmo yo. Si el día 30 falta un título por comprobar, el que ha certificado que estaba todo comprobado soy yo.

—¿Y si el listado está mal?

—Entonces también lo firmo yo. Es exactamente lo que estoy intentando explicarte.

Se va. Miren espera a que la puerta encaje, señala con dos dedos la tabla vacía de las papeletas y lo dice con la misma voz tranquila con la que ha dicho todo lo demás, que es lo que hace que a Ainhoa se le levante el vello del brazo:

—Este libro no ha salido de aquí desde 1998 y nadie lo ha pedido nunca en la sala. Las notas del treinta y seis no se escribieron dentro de esta casa. Así que dime tú dónde estuvo.