Relato · Del catálogo de Margen
Firmar el anexo del glaciar cuesta once nóminas en febrero

La manta se había roto por la cresta y los jirones blancos colgaban hasta el hielo, enganchados todavía en los piquetes de levante. Nieves Olagüe llegó a la balsa a las siete menos cuarto del 2 de octubre de 2041, con la primera luz, y empezó a enrollar lo que quedaba entero. Cuarenta metros de geotextil mojado pesan como un hombre: hay que hacerlo en paños y bajarlos de uno en uno.
Teo Lumbreras estaba sentado en el bidón del lastre desde antes que ella.
—Has dormido en el refugio.
—He dormido en el refugio.
Era el hidrólogo del Consorcio de Aguas del Ésera, el que mide cuánta agua baja por el río y cuándo, y el que durante cinco años había firmado que el último hielo del Aneto —lo que queda del glaciar— seguía tapado. Subía poco. Cuando subía, subía con el chófer del Consorcio y bajaba antes de comer.
—Entonces no vienes por la manta —dijo Nieves.
—No.
Le dejó enrollar dos paños antes de hablar. Eso Nieves se lo agradeció, porque en esa faena las manos van solas y la cabeza queda libre, y porque lo que Teo vino a decir necesitaba las dos cosas.
—He escrito el informe de cierre. Recomiendo que el Consorcio no renueve. Que dejemos de tapar.
Nieves siguió enrollando. El plástico hacía el ruido de siempre, un chasquido mojado, pero lo oyó distinto.
—Dime el número.
—El pico del Ésera en el aforo de Eriste. En los noventa estaba en julio. Los últimos cinco años está en octubre. Lo he medido yo, lo he contado tres veces y lo he discutido ya con el alcalde de Benasque, que me dijo que me buscara otro trabajo. Guardamos el hielo y el pueblo pasa agosto con el agua cortada de nueve a nueve. Está pagando por que el agua le llegue cuando ya no la necesita.
—Eso lo sabes desde hace dos años.
—Lo sé desde hace dos años y lo he escrito dos veces en informes que nadie lee, porque el mismo contrato me pide escribir eso y firmar el acta de superficie tapada, y el acta pesa más. Este año no hay acta. La manta está rota y la campaña ha terminado. Es el único momento en que mi informe no choca con mi firma.
Nieves ató el paño con la cinta y lo apoyó de pie contra el bidón. Pesaba lo suyo; el agua de la noche no se escurre, se queda dentro del tejido y hay que bajarla a cuestas. El sol ya le daba en la nuca y abajo, a mil quinientos metros por debajo, el valle seguía en sombra.
—Y necesitas algo mío.
—Necesito un anexo de campo. Dos folios. Lo que has visto tú en seis años: cuándo entra el agua en la balsa, cuándo se vacía, a qué hora revienta la manta y por qué, cuánto hielo había en 2036 y cuánto queda. Firmado por quien ha estado aquí arriba los seis veranos, que no soy yo.
Nieves conocía esos dos folios sin haberlos visto. Los partes de obra los rellenaba ella cada tarde desde 2036, a lápiz, en una libreta con las tapas hinchadas, y nadie se los había pedido nunca.
—Sin eso tu informe es una gráfica.
—Sin eso mi informe es una gráfica que hizo un señor de Barbastro.
Nieves se sentó en el otro bidón, a dos metros. Abajo, en la morrena, Laia subía con el segundo saco doblado al hombro.
—Teo, somos once. Y cuando digo once no digo una empresa, digo once nóminas con nombre. Altimetría Pirenaica tiene esto, tiene dos naves industriales en Monzón y tiene las torres de alta tensión del valle, y esto es lo que nos da de junio a octubre. Si el Consorcio no renueva, en febrero llega la carta. Y la carta no la firmas tú. La firma una mujer de recursos humanos que no ha visto el Aneto en su vida.
—Lo había pensado.
—Entonces ya sabes el mes. Febrero.
Teo no contestó. Se agachó, cogió un trozo de geotextil roto del tamaño de un pañuelo y se puso a darle vueltas entre los dedos.
Laia Beltrán llegó con el saco y se quedó de pie oyendo el final. Era técnica de trabajos verticales como Nieves, tenía veintiséis años y llevaba tres campañas; en septiembre había dicho a la cuadrilla que esta era la última, que se iba a los parques eólicos de Soria, donde se cobra lo mismo y se duerme en casa.
—Fírmaselo —dijo.
Nieves levantó la cabeza.
—Laia.
—Que se lo firmes. Mi hermano lleva la finca de Villanova, cuarenta hectáreas de alfalfa, y este agosto ha segado dos cortes en vez de tres. Yo en febrero ya no estoy aquí. —Soltó el saco—. Y mi hermano en febrero sigue ahí.
—Tu hermano tiene a tu cuadrilla pagándole el riego.
—Mi hermano tiene a mi cuadrilla sacando agua de la balsa en pleno agosto para que no se vuele un plástico. Eso también es verdad.
—Teo. ¿Tú sabes de dónde sale el lastre?
—De la balsa.
—Sabes que lo sacamos de la balsa. ¿Sabes cuándo?
Teo levantó la vista.
—En junio y en julio —siguió ella—. Montamos a principios de junio y lastramos según vamos tendiendo. Cuatrocientos metros de manga, veinte litros el metro. Y los tubos no se vacían hasta que desmontamos, el doce de octubre. No es mucha agua. Es poca. Pero es poca agua de junio y julio que no baja al río hasta octubre, y la sacamos nosotros, con la bomba, delante de todo el mundo, seis años seguidos. Está en los partes de obra. Nadie lo ha sumado nunca porque nadie pensaba que eso fuera agua: era lastre.
—Ocho mil litros por campaña.
—Ocho mil justos. El gasto de cuarenta vecinos en un día de agosto. No te lo vendo como caudal: tú tienes una gráfica que dice que el pico se ha movido y no tienes ni un solo mecanismo escrito. Eso es un mecanismo. Pequeño, documentado y nuestro.
Teo se quedó con el trozo de plástico quieto en la mano.
—Eso en el anexo es la primera página.
—Eso en el anexo es la primera página —dijo Nieves—, y es lo que hace que tu informe deje de ser una opinión sobre el clima y pase a ser una obra mal diseñada. Una obra mal diseñada se rehace. Una opinión sobre el clima acaba en un cajón, y eso lo sabes tú mejor que yo.
—¿Y los once?
—Los once están igual de despedidos si el Consorcio renueva dos años más y luego cierra sin obra alternativa. —Se levantó y se sacudió el agua de los guantes—. Y hay una diferencia. Si tu informe sale con el mecanismo dentro, pone que la obra está mal planteada, no que no haga falta hacer nada aquí arriba. Una obra mal planteada se rehace. Yo sé rehacerla: lastre de grava subido en helicóptero una vez al año en vez de agua bombeada todos los días, y desmontaje en agosto y no en octubre. Eso es un pliego nuevo. Y a un pliego nuevo se presenta quien ya conoce la montaña.
Teo la miró un segundo más de lo normal.
—Eso no me lo has improvisado ahora.
—Lo llevo pensando desde el segundo verano. No tenía dónde ponerlo.
Laia se había sentado en el saco y se estaba riendo sin ruido.
—Dos folios —dijo Teo—. Te los mando esta tarde.
—Tres —dijo Nieves—. Y los escribo yo.
—¿Y si no sale el pliego nuevo?
—Pues en febrero me llega la carta con las otras diez. —Se guardó el rollo de cinta en el bolsillo del pantalón—. Mándamelos igual.
Bajó a la balsa, metió el brazo hasta el codo en el agua turbia y sacó el extremo de la manga de lastre, el que llevaba seis veranos tapado con un trozo de plástico viejo para que la bomba no se quedara en seco a media faena. Lo desatascó con el pulgar.
El agua empezó a salir con un gorgoteo gordo y se metió por la grieta de abajo, poca y turbia, durante nueve minutos.
Se cargó el último paño al hombro y bajó a escribir los tres folios.