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Curiosidad · Del catálogo de Margen

Un cartero tardó 93.000 horas en construirse un palacio

En abril de 1879, el cartero rural Ferdinand Cheval tropezó con una piedra en un camino de Hauterives, un pueblo de la Drôme, en el sureste de Francia, y al día siguiente volvió a buscarla.

Tenía cuarenta y tres años y una ronda de reparto de más de treinta kilómetros diarios, a pie, entre caseríos. Desde esa mañana el reparto fue también una recolecta. Piedras de formas imposibles, cantos del río, conchas calcificadas de los barrancos. Primero se las llevaba en los bolsillos. Luego en un capazo al hombro. Al final compró una carretilla, y esa carretilla sigue hoy dentro del palacio, guardada en un hueco hecho a su medida.

Porque lo que hizo con esas piedras no fue un muro ni un banco. Fue un palacio.

El Palais Idéal —el Palacio Ideal— está en el jardín de su casa y no lo diseñó nadie. No hay plano, no hay arquitecto, no hay constructor, no hay un solo día de escuela técnica detrás: hay un cartero que amasaba cal y mortero, armaba con alambre lo que iba levantando y copiaba, de postales y de revistas ilustradas, templos que no había visto nunca. Hay torres, galerías, animales, un templo hindú, un sepulcro egipcio, escaleras que suben a sitios que no llevan a ninguna parte y frases talladas por él en la pared. En 1969, el ministro de Cultura francés André Malraux lo clasificó monumento histórico y dijo de él que era el único representante del arte naíf en arquitectura.

Una de las frases de la pared es su propia contabilidad: «10.000 jornadas, 93.000 horas, 33 años de pruebas».

Diez mil jornadas equivalen a veintisiete años trabajando todos los días del año sin faltar ninguno. Y noventa y tres mil horas repartidas entre esas diez mil jornadas salen a más de nueve horas por día, nueve horas que iban encima de los treinta kilómetros de reparto, que era el trabajo con el que comía.

Empezó en 1879 y lo dio por terminado en 1912, con setenta y seis años.

Y entonces le quedaba un asunto sin resolver. Quería que lo enterraran dentro del palacio, y hasta tenía decidido el sitio: un sepulcro egipcio en el propio edificio. Pidió la autorización y no se la dieron.

Así que a los setenta y ocho años volvió a coger la carretilla, esta vez en el cementerio del pueblo, y se construyó él mismo la tumba: ocho años más de piedras, terminada en 1922. Murió el 19 de agosto de 1924, a los ochenta y ocho, y lo enterraron dentro.