Corremos como si el tiempo escapara, pero casi siempre corremos para no quedarnos a solas con la pregunta que la calma nos haría.
La prisa parece eficiencia y suele ser huida. Llenamos la agenda no porque haya tanto que hacer, sino porque un hueco vacío es un espejo, y no todos los días tenemos ganas de mirarnos en él. Ocupados, no tenemos que decidir si esto que vivimos es lo que queríamos vivir.
El que va lento no siempre es sabio, pero se expone a serlo. Detenerse es aceptar el riesgo de descubrir que la dirección importaba más que la velocidad, y que llevábamos años ganando minutos en el camino equivocado.