
Toda camisa nueva trae escondido un sobre mínimo, una bolsita transparente con un botón que nadie ha pedido.
Lo guardas en el cajón de la cocina, con las pilas dudosas y las llaves de puertas que ya no existen.
Ahí se queda años, serio como un soldado al que nunca llaman a filas, sosteniendo sin saberlo la posibilidad entera del desastre.
La camisa se gasta, pasa de moda, acaba hecha trapo de limpiar cristales. El botón no. El botón sigue en su sobre, intacto, disponible, como ciertos cariños de reserva que no usamos nunca y que aun así —qué remedio— nos abrochan.